Carmen Bravo Molina, autodidacta

  • La cordobesa aprendió a cocinar por necesidad y montó una taberna en la playa de Mojácar hace 24 años llamada Cordobesa · Ahora se dedica a la pintura y ha participado en dos exposiciones

A ver, el flamenquín, ¿qué es un flamenquín? Evidentemente, no es un género menor del flamenco; los ornitólogos jamás han oído tal denominación para el retoño del flamenco ave; el chulín del barrio, esto, pues como que no. Carmen, una caridad, ¿qué es un flamenquín? "El flamenquín es un plato típico de Córdoba, llamado así por su color de rebozado de huevo batido, rubio como los flamencos que llegaron acompañando al emperador Carlos V".

Carmen Bravo Molina suelta la mirada de ¿cómo te has quedado, hermoso? Ella, Carmen, cordobesa de tronío no lleva la cuenta de la cantidad de flamenquines que habrá hecho desde cuando aquella tabernita en el pueblo de Mojácar, va ya para veinticuatro años, que luego se bajó a la playa con otra taberna llamada, natural, Cordobesa.

Carmen, una misericordia más: la receta del flamenquín, mujer: "Se ponen los filetes de cerdo, cortados como si fueran un librito, en maceración toda la noche, con vino, sal, pimienta y el perejil finamente picado". Aprendió a cocinar por necesidad, era la hermana de cinco varones hambrientos, vamos, de mucho comer, y su madre necesitaba ayuda en la casa. Por eso mismo, apenas pudo ir al colegio, una espina clavada en el alma de Carmen Bravo Molina.

Durante muchos años, Carmen no escribió delante de nadie porque le daba vergüenza la letra y las faltas de ortografía, que no, que escribía cómo hablaba, sin saber si b o v, con h o sin ella. "Se escurren los filetes y se planchan. Se le pone a cada uno una loncha de jamón en el interior".

Un buen día del Señor, con los boquerones adobaos en la freidora mientras le daba carrete a la clientela, le pidió a un hermano que subiera la temperatura del aceite y el buen hombre le preguntó que a cuántos voltios. Aquello cayó en gracia y desde entonces, en el Burladero, la casa de Carmen, los boquerones son voltios y los voltios, voltios.

Tantos años en la cocina o detrás de la barra dan para conocer a mucha gente, escuchar muchas historias, pero, ella jamás ha contado nada a nadie de lo visto y oído. Sus amigas ya no le preguntan si sus maridos han pasado por el restaurante, saben que Carmen no lo sabe. En un restaurante, en un bar, nunca se dice nada, no se sabe si alguien ha estado. Carmen, en ese sentido, es muda porque sí, porque la gente se toma dos copas y después suelta la lengua.

"Y se van enrollando los filetes sobre el jamón". Una sola vez se le han ido sin pagar. Un tipo con pareja de las llamativas se le presentó de parte de un buen cliente. El individuo le dijo que iba sin efectivo y sin tarjetas. Nada, sin problema, hasta que Carmen se percató de que pedían lo más caro de la carta de vinos y de la carta de viandas. Los levantó de la mesa y a la calle.

Porque Carmen es así, llana, clara, poseedora de un infatigable afán de superación. "Se pasan por huevo batido y pan rallado". Carmen se metió en la cocina ya ni recuerda cuándo, así que hace año y medio se dijo que ya había trabajado bastante, dejó el restaurante en manos de su hijo Álvaro, del que se siente muy orgullosa por lo bien que lo lleva, como también lo está de sus otros dos, y ha vuelto a tomar clases de cultura general, sobre todo de gramática, porque para Carmen es un logro no cometer faltas de ortografía al escribir.

Carmen Bravo Molina, tomó el camino del arte para calmar los nervios del trabajo. Dio suelta a su innata forma de entender la pintura, tomó clases y con dos exposiciones colectivas ya en su currículo, tiene en capilla la tercera. Ella es muy auto exigente, no está contenta, satisfecha, más que de alguna de sus obras, a pesar de los elogios que le dedican entendidos en la cosa del lienzo. "Con mucho cuidado para que no se abran, se fríen en aceite bien caliente hasta que se doren". Ella, Carmen, no puede quejarse de su paso por la hostelería, conoce a mucha gente interesante, a otras dice que no merece la pena ni nombrarlas. Tiene buenos amigos, también algún que otro enemigo, ya se sabe, cuando las cosas van bien alguna mala gente le da palmaditas en la espalda en tanto le clava alfileres a sus espaldas. El género humano es así. Y el género en su casa, en la casa de Carmen, el Burladero, siempre es de primera.

Carmen ha recorrido el camino de la vida a la inversa, primero la práctica, después la teoría. Tiene ansia de conocimiento, de resarcirse de los duros años de infancia y juventud en los que no había escuela, o sea, haberla la había pero ella no podía asistir al aula. A veces, repasando la exigua libreta escolar, le entra la rabia de sentir que le han quitado páginas, muchos capítulos importantes en el libro de su vida. A veces, cuando se le antoja, vuelve a la cocina. "Se acompaña normalmente de patatas y mahonesa".

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