El reportaje

Corsarios, cautivos, renegados y contrabandistas

  • Cada generación piensa su propia historia con los interrogantes del momento · El grupo humano del Campo de Dalías/El Ejido aparece dotado de constante dinamismo reflejado en el "espacio vital"

Corsarios, cautivos y renegados son tres figuras bien definidas y características, omnipresentes en el mundo mediterráneo de los siglos XVI-XVIII, no sólo en los medios populares sino también en los militares, políticos y religiosos, como se pone de manifiesto, entre otras fuentes, en las Memorias de las visitas de inspección al sistema defensivo de la Costa del Reino de Granada, las disposiciones referentes a los evadidos de los presidios del Norte de África, con la preocupación añadida por su apostasía de la fe católica al asentarse entre los musulmanes, y los escritos de Melchor García Navarro, muy activo en la redención de cautivos en 1723-1725.

A las citadas figuras, con las debidas precauciones y salvando las distancias, puede agregarse la del contrabandista, como reflejo, sin caer en el determinismo, de la capacidad del ser humano para hacer frente a los sucesivos estímulos internos y externos que se le presentan, en función de factores naturales y socioeconómicos.

En la Relación, año 1729, de puestos establecidos en la Costa del Reino de Granada para la custodia del contagio (no se indica la enfermedad, sino posibles "barcas pestiferadas") se propone instalar un puesto de guardia "entre el castillo de San Telmo y San Roque" y otro "entre la ciudad de Almería y la torre de El Bobar", debido a las condiciones geomorfológicas del territorio, intenso tráfico marítimo, y al hecho de que las embarcaciones puedan detenerse "según el embargo de los tiempos o de novedad de corsarios". El riesgo se incrementa por la posibilidad de hacerlo de noche, y "sin ser reconocidas se ponen entre las otras", desembarcando tripulantes y mercancías, "pues no hay que fiar en la guardia del castillo de San Telmo, ni en la de paisanos de San Roque, porque estando pobres, casados y mal pagados más les aprovecha un contrabando que el cuidado de la salud".

El autor de la Relación parece estar al tanto de la tradición geográfica moderna, la cual propugnaba un cabal entendimiento de la naturaleza, del paisaje y de las personas. Esto le permitirá conocer la realidad de la costa almeriense y comunicarla a la Administración.

El autor de la Relación de los puestos establecidos en la Costa del Reino de Granada para la custodia del contagio de 1729, conocía que algunos de los numerosos ataques corsarios a las costas almerienses quedaron en meras tentativas, pero otros se saldaron con la triste secuela de daños materiales y humanos, entre la diversidad de ejemplos destacan los casos de Cuevas del Almanzora (1573) y Adra (1620) los cuales, aparte de las inevitables muertes, adquirieron grandes proporciones por el número de cautivos el primero, y los destrozos el segundo. En la Relación subyace la idea de que en estos momentos, año 1729, las alarmas se centran y limitan a incursiones, hechas de vez en cuando por las tierras de alrededor de los puntos neurálgicos.

El peligro de renegar de la fe católica, sobre todo por mujeres y muchachos, hacía que los cuidados de los redentores se extremaran. Melchor García Navarro cuenta una significativa experiencia personal de la redención de 1723: "Otro que era de Almería, mayormente oyendo a cada paso memorias amorosas de su madre natural viuda y pobre, más pobre ya que el auditorio con que fomentaba su rescate... fue a renegar".

Las rutas tienen un valor económico esencial, pero a la vez representan corrientes estatales e internacionales de tráfico, de aquí su importancia en el estudio de las acciones y tendencias geopolíticas.

Sobre la peligrosidad del Cabo de Gata en 1729 se dice: "Los moros desembarcan más comúnmente en la playa del Corralete, a las calas de Mena y de Avena o a la de Vela Blanca que están cerca, o porque las embarcaciones, perseguidas de estos corsarios, vienen a refugiarse allí, como a paraje más propio para tomar tierra y ser socorridas".

Respecto a la situación del castillo de San Pedro en el citado año se afirma: "Es un puesto muy favorable por cubrir el puerto que tiene delante, y por impedir a los moros y otras embarcaciones el hacer agua en una fuente que nace cerca de la torre. Siendo esto lo único a que puede servir, pues no descubre otra cosa y que es comandada de muy cerca de todas partes".

El autor de la Relación de los puestos establecidos en la Costa del Reino de Granada para la custodia del contagio de 1729, desarrollando todas sus posibilidades de pensamiento y acción, propone reestructurar los efectivos militares sin incrementarlos, dándoles otra disposición geográfica, estableciendo "de dos en dos leguas" puestos principales dotados de diez soldados, un sargento y un oficial, "para que los soldados puedan mutuamente darse la mano en caso de necesidad, sin que quede por esto desguarnecido puesto alguno".

Para incrementar la efectividad, entre los citados puestos, debían instalarse otros de cuatro soldados cada uno, que "sólo disten media legua uno de otro, disponiéndolos de suerte que se vean mutuamente", según citan los documentos históricos consultados.

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