La España unida y diversa

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LA sesión de investidura, probablemente uno de los actos parlamentarios más importantes de cada nueva legislatura, arrancó ayer desenfocada. Era el candidato socialista, José Luis Rodríguez Zapatero, el que pedía a la Cámara Baja el respaldo para ser investido presidente del Gobierno de los 44 millones de españoles.

Sin embargo, la atención mediática se dirigió hacia el líder de la oposición, Mariano Rajoy, que ha iniciado un proceso de renovación en el PP tras la derrota en las pasadas elecciones legislativas y que empieza a estar cuestionado por un sector que aspira a liderar la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre.

Tal era la distorsión que el discurso de Rajoy acaparó, si cabe, más la atención de los media que el del propio candidato a presidir los destinos de España en los próximos cuatro años. Mal empezamos cuando la agenda institucional se modifica por puro morbo. Pero esto es lo que hay.

De entrada, el candidato socialista desgranó una batería de medidas urgentes para reactivar la economía española, y lanzó un mensaje optimista -lógico, viniendo de que estaba pidiendo el respaldo para ser el presidente del Gobierno- tras reconocer que "en la primera fase de esta nueva legislatura" habrá "tasas de crecimiento inferiores a las del pasado cuatrienio y un comportamiento del empleo menos favorable que el de los últimos años". Quizás, en este apartado, le faltó pedir a los españoles un esfuerzo para afrontar esta etapa que ya está aquí. Entre otras cuestiones, porque son los que la están soportando.

Por lo demás, Zapatero defendió el mantenimiento de las políticas sociales, punto de referencia del "afán de progreso" de cualquier Gobierno socialdemócrata europeo, a pesar de este periodo económico de vacas flacas. En esta línea, abundó en las políticas de igualdad, y se comprometió a trabajar por una equiparación salarial entre hombres y mujeres.

Menos convincente se mostró en la política de inmigración, aunque defendió que será "regulada y ordenada". Y sobre todo dejó mucho que desear en política exterior, un apartado que, más allá de la Alianza de Civilizaciones y la defensa de la legalidad internacional de la que tanto gusta, necesita de un planteamiento más preciso y sólido para evitar fotografías como la de la última cumbre de la OTAN.

En cualquier caso, Zapatero tomó el mayor protagonismo cuando, durante la hora y veinte minutos que duró su discurso, se refirió a una "España unida y diversa". Nada que ver con el que pronunció cuatro años atrás cuando se sumó a la "España plural".

Entonces, el candidato socialista empezó a hablar a todos los españoles, y dejó claro que "la Admistración del Estado y la Seguridad Social asume, y seguirá haciéndolo, más de la mitad del gasto público en España". Y que el Estado garantizará "el mismo nivel de prestación de los servicios públicos fundamentales -educación, sanidad, etc.- y para la expresión efectiva de la solidaridad".

Los guiños, en esta primera intervención de Zapatero, fueron todos para el PP, con miras a lograr "un clima político sereno caracterizado por la voluntad de diálogo y consenso. De forma algo teatrera, ofreció a Rajoy, en el último acto, un batería de pactos de Estado. Entre ellos estaban los previstos -terrorismo, justicia, política europea-, pero también el sistema de financiación autonómica, de mucho calado político si tenemos en cuenta que a CiU le acabó ofreciendo la publicación de las balanzas fiscales.

Rajoy le respondió con un discurso plano y repleto de referencias al pasado que hacían presagiar lo peor. Sin embargo, en la segunda, cuando Zapatero le reprochó su falta de propuesta, el líder del PP sacó su mejor repertorio y le recordó que él no era el candidato a presidir el Gobierno. Ahí le ganó por la mano, sin necesidad de recurrir al discurso apocalíptico, al tremendismo de la pasada legislatura.

Aunque la bancada popular respondió con una sonora ovación, Rajoy no solventó el problema interno que tiene el PP. Su discurso ni le dio ni le quitó. Entre otras cuestiones, el Congreso de los Diputados no era el terreno de juego en el que el actual líder de los populares tendrá que solventar las dudas que existen en importantes sectores de su partido sobre su liderazgo.

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