Éxito artístico con Ruiz Manuel cumbre en una faena perfecta

  • Los toreros triunfaron con una ganadería buena en presencia y bravura repetidora , fallando la solidaridad de los almerienses dejando lucir excesivo hueco en la centenaria plaza capitalina.

Mirando al cielo con el ojo puesto en el viento de poniente, a sabiendas de las nubes que arrastran descarga de agua desde las provincias hermanas, con el levantar viendo el asfalto de las calles humedecidos por la noche, nos fuimos con la mira hacia la plaza de la capital con la mosca del runrún debilitado pues se antojaba carencia de presencia de público. Y así fue. Sin ser peor de lo que se esperaba, con un tercio largo sin llegar a la media entrada, nos sentimos defraudados pues se es consciente de las desbordadas ganas de Ruiz Manuel en organizar el mejor cartel posible. Y lo fue pues los resultados artísticos estuvieron muy por encima de los económicos, que a duras penas va a solventar los mínimos gastos que siempre tiene un festival. Desde este aspecto, el solidario, una pena. Si bien el largo recorrido de siete años de éxitos no puede mermar las ganas por el que ya se debe anunciar octavo festival e a beneficio de la Asociación Española contra el Cáncer en Almería. Huyendo del muro de las lamentaciones y evitando las confianzas.

En lo artístico, ni un pero. Ortega Cano, con el peso de un alma dolorida por los hachazos que la vida le ha dado, haciendo de la técnica la supremacía en el resolver en un cuerpo que el paso de los años, y las cornadas, ha restado agilidad. Ha dado gusto verlo a quien ha sido figura del toreo. Aunque se le debe negar la idea de querer seguir siendo cartel de ferias importantes. Si la inteligencia no le falla, que se olvide de las luces o los ternos de luto. Su momento ya fue y es difícil que vuelva.

A Pepín líria se le murió casi de pie el que le tocó en suerte. Un extraño mareo, cual lipotimia absurda, hizo desvanecer cualquier posibilidad.

Javier Conde, sin pegar tres pases de verdad, flamenqueando sin justificación, con aspavientos amanerados y las carreritas milimétricamentes ensayadas, que no entrenadas, arrancó dos orejas injustificadas.

Ruiz Manuel estuvo superior. Es otro desde hace un tiempo. Momento difícil de señalar pues unos dirán que desde Roquetas el año pasado, otros que las buenas compañías, otros que la paternidad que sosiega y responsabiliza. Quien sabe. Lo cierto es que la madurez, la técnica, el temple, la torería le rezuman por todos los poros. Ante un buen toro, de excesiva vuelta al ruedo pero comprensible, demostró que el toreo se hace fácil cuando se esta muy seguro de lo que se quiere. Puede, y debe, ser un año para convencer a los pocos que aún dudan. Hasta Ortega Cano se descubrió en un acto de olvidada torería y le lanzó su sombrero de ala ancha en plena faena como demostración de máxima admiración. Y en privado se lo dijo: "Manolo, viendo torear así, los que llevamos mucho en esto, seguimos aprendiendo".

A partir del quinto rompieron las rachas que deslucían el festejo. César Jiménez, obligando en exceso las embestidas, para dominar franela, no lució todo lo que se esperaba de quien hasta hace poco era pieza clave en todas las ferias aupándose a los primeros puestos del escalafón.

Igual mala suerte corrió Alejandro Carmona comentando su pena por no poder estar a gusto. Pero resolvió bien, con un mayor cuajo, haciéndose poco a poco, aún siendo consciente que tiene que rodarse más, sin ver cercana la alternativa. Tiene claro que las prisas no son buenas. Tiene intactas su ganas de ser torero.

Luis Miguel Casares, con la frente abierta por un fuerte golpe en un tentadero, nos hizo temer lo peor por la tremenda voltereta recibida con el capote. Con el pero de colarse por el pitón derecho, sorprendentemente por el hacer decidido del novillero, se le quitó el defecto resolviendo dignamente para cortar las dos orejas.

Por encima de todo Ruiz Manuel ha vuelto a brillar. Sería injusto que sus buenas maneras se queden entre las cuatro paredes de la tierra. Almería necesita de embajadores. Almería necesita abrirse al mundo, pues las mimbres las tenemos. Falta trenzarlas sin hacer nudos imposibles.

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