Libros, cuadernos, lápices y un té de agradecimiento

  • Historia de un viaje insólito que recorre más de la mitad del territorio marroquí · Los protagonistas cuentan la experiencia de esta larga y solidaria travesía

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Los seis vehículos todo terreno enfilan hacia la frontera de Melilla con Marruecos. Atrás, una noche en barco, conversaciones hasta altas horas de la madrugada, con repaso incluido de los últimos detalles concernientes a las etapas venideras, y cierto cosquilleo nervioso en los novatos. Los trámites aduaneros son rápidos, en pocos minutos uno tras otro los 4x4 pasan a territorio marroquí. Un año más, como desde hace ocho, el grupo 'Okisur 4x4' inicia el recorrido de norte a sur del país alauita con su carga de ropa, alimentos y material escolar.

Diecinueve hombres, vecinos y residentes en Mojácar, Vera, Garrucha, Huércal-Overa, más algunos vascos amigos de casi siempre, cambian el atuendo de empresario, farmacéutico, juez, bancario, por camiseta, pantalón y chaleco de bolsillos tipo reportero gráfico de National Geographic.

La llegada a Guercif fue de traca. Paco presta su cuchillo a Miguel, el boticario de Mojácar, con el que cortar unas bridas que sujetan su moto. La hoja está tan afilada que le rebana hasta el hueso del dedo índice de la mano izquierda, aquello sangra como, bueno, la imaginación es libre. José Pablo, ayudante de veterinario con harta experiencia en coser pieles de animales, es la primera vez que ha de poner puntos en la piel de un bípedo humano. Total, un tormento para ambos, el herido y el curandero, que eso pasa, apunta alguno, por no llevar agua del Carmen.

Al siguiente día, el grupo emprende ruta con destino Imilchil, pueblo incrustado en el Atlas Oriental. El Atlas es un sistema montañoso de dos mil cuatrocientos kilómetros que atraviesa el noroeste de África, desde Túnez por Argelia y hasta Marruecos. Su pico más alto es el Toubkal, con casi cuatro mil doscientos, al sudoeste de Marruecos. Precisamente, el Atlas separa las costas del mar Mediterráneo y del océano Atlántico del desierto del Sahara.

Sirva la anterior descripción geográfica para poder añadir que es uno de los lugares más bellos del mundo, con los cambios climatológicos más sorprendentes que esperarse puedan. Aquellos que viajaban en coche, bien; los que cabalgaban en moto menos bien, y alguno, casi congelado. O sea, que tuvieron que bajarle de la moto tal cual si estuviera escayolado de pies a cabeza y meterlo en agua caliente. La bajada por las catedrales de roca había sido un suplicio de agua y nieve, una angustia de barro en los desfiladeros

Según cuentan los intrépidos miembros de 'Okisur 4x4', fue reconfortante el descanso en un albergue cercano al pequeño pueblo de Ouzina, a pocos kilómetros de Merzouga ya en las estribaciones del Erg Chebi, el hipnótico desierto de dunas entre las que se deja ver de cuando en cuando alguna caravana de tuaregs, los hombres azules del desierto, los únicos que saben orientarse de noche a través del desierto de arena.

Para entonces, Miguel ya no sentía el dedo sólo el dolor, Juanjo había sido atropellado por uno de los coches, se contaban por decenas los pinchazos, los amortiguadores se fundían, pero la moral seguía intacta y el ánimo en lo más alto.

Hamlia, pueblo de origen malinés, de cuando se traían a gente de Mali a trabajar en las minas y que ahí se asentaron posteriormente, tiene una pequeña escuelita con una mesa, cinco sillas y una pizarra en la que apenas se puede escribir. En este núcleo que forman escasamente quince casas, el grupo 'Okisur 4x4' distribuyó, como antes en otros pueblos, abundante material escolar, además de ropa y otros artículos de primera necesidad.

Este pueblo tan pobre como generoso, tiene una forma peculiar de expresar su agradecimiento. Como no tienen nada, dan lo que llevan dentro: canciones y danzas de su folclore tradicional que se transmite de padres a hijos, y un té. Al decir de quienes lo han visto, así pagan con creces lo que han recibido.

Muy a su pesar, los viajeros habían de continuar camino del cual dos etapas fueron de desierto puro con sus días y sus noches. La mayoría de ellos durmieron en el hotel de las cinco mil estrellas, a cielo raso con la vía Láctea de techado, una galaxia grande, espiral y que puede tener unos 100.000 millones de estrellas, entre ellas, el Sol.

Con la luz del día, camino de Missour ya en viaje de regreso, cuentan y no paran de un figón con una oveja colgada en la puerta y en el que al parecer se comen exquisitos pinchitos morunos. Tal será la cosa que en el grupo se ha abierto el debate de incluir el lugar como parada obligatoria para próximas ocasiones.

Cada uno de ellos cuenta sus vivencias, sus impresiones, del modo y manera en que han vivido el viaje. Coinciden, eso sí, en que todos llevan grabado el rostro de un niño o una niña que, además de caramelos y bolígrafos, les pedían con los ojos ¿otra vida, tal vez? ¿Menos miseria?

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