El barrio de los sueños rotos inundado de triste soledad

  • En 'El Realengo' la mayoría de las cuevas no tienen puertas, no son necesarias porque el vacío se ha apropiado de la zona después del forzoso desalojo de las viviendas

El barrio cuevano de El Realengo está lleno de vacío y vacío de gente. Una camisa azul de color azul olvido prendida con pinzas en un cordel, es apenas el único testimonio de la existencia de vida. El abrumador silencio se revela antagónico al estruendo previo a la confusión, al desconcierto, al dolor de cuando el cabezo se vino encima de las cuevas de abajo. Se cumplen siete meses, ¡Dios, parece que fue ayer! De aquello, de aquel espanto, de la angustia vivida pendientes de si bajo el derrumbe habría vida. Allí se quedó la de tres miembros de una misma familia. ¿Qué es de Paqui Asensio, de Sebastiana? La una no podía frenar los temblores de un mal presentimiento, su padre y dos de sus hermanos no pudieron salir de la cueva; la otra, sentada en una silla de enea y envuelta en una bata de franela era de lágrima inconsolable. Dos nietos y el yerno bajo los escombros, ¿cómo no iba a llorar?

Hoy, con las puertas abiertas de las cuevas, algunas arrancadas, aparecen desnudos y a la vista los enseres que quedaron destrozados o que no pudieron llevarse los vecinos de 'El Realengo' en el traslado a otras viviendas que son provisionales mientras el Ayuntamiento de Cuevas del Almanzora y la Junta de Andalucía no se pongan de acuerdo. La malla de contención que sujeta el talud donde se produjo el derrumbe, se asemeja, si no fuera por lo que es, a una red de pesca abombada repleta de peces. Inevitablemente la película de lo acontecido en un mal día del pasado mes de octubre vuelve a proyectarse mentalmente.

La casa de Miguel Santiago se libró por un escaso metro de distancia del desprendimiento. La avalancha cayó sobre una cueva frente a la de Miguel. Él y otros vecinos hicieron un agujero en el techo de una de las cuevas para sacar a una mujer.

Ni un perrillo, nada ni nadie en El Realengo. Muchos de los vecinos de entonces habían pasado aquí toda su vida, lo mismo que generaciones anteriores. En el interior de las casas cuevas abandonadas forzosamente en aras de la seguridad de sus antiguos habitantes, un armazón de frigorífico, unas telas arrumbadas, cortinillas a medio caer, algún póster. Son pequeños indicios de que una vez hubo allí vida, si es que a vivir en ésas condiciones se le podía llamar vida tal y como contaban aquél fatídico día sus moradores.

Mil instantes cruzan la pantalla imaginaria de un barrio hoy apagado pese al sol en todo lo alto. Las máquinas retirando escombros, la conjugación de la prudencia con la prisa de los bomberos por llegar cuanto antes al hueco de la cueva enterrada, un alcalde ojeroso, miles de ciudadanos expectantes arriba del Calvario a rebosar de recuerdos, y con una flor depositada a la entrada de la cueva por quien sabe quién.

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