El día en que los ángeles lloraron de pena sobre Sorbas

  • Los vecinos de El Mayordomo recuerdan a las dos asesinadas con cariño. Sobre la presunta homicida aseguran "era una persona normal de la que nadie lo esperaba"

Hay quien afirma que la lluvia no son más que las lágrimas de millones de ángeles que comienzan a llorar al mismo tiempo. Ayer, el suelo empedrado de la barriada de El Mayordomo, en Sorbas, estaba cubierto de ellas. Hacía frío. Mucho. Y una ligera llovizna calaba hasta los huesos. La monotonía de las tejas rojas y paredes encaladas sólo rotas por la presencia de una unidad móvil de televisión. El respetuoso silencio de las ausencias, velado por conversaciones susurradas entre los periodistas. Nadie había pedido que callaran. Pero el ambiente lo exigía. Un aviso. Dos vecinos, de los más veteranos de la zona, están dispuestos a compartir sensaciones. Y algo más.

El calor de la chimenea, encendida hace poco, que envuelve la estancia con un aroma suave a invierno. Los conocían perfectamente. Llevan toda la vida en la misma casa. "Estamos muy impresionados, no entendemos qué ha pasado". De repente tienen el salón de casa lleno de periodistas. María habla por el teléfono gris, colgado de la pared. Mira, que tengo que dejarte, es que se me llena la casa de cámaras de esas que graban. Juan le hace una señal. Deja en el suelo el esparto que estaba trenzando y destaca que Marina G. G., "se llevaba bien con todos". Silencio. Ella mira al fuego. "La nena venía por aquí de cuando en cuando a vernos, estaba preciosa". "¡Déjame hablar a mí, que son muchos y hay que decirles a todos lo mismo!", exclama Juan. "No... no ha habido recelos de ningún tipo", afirma a continuación, "no eran malas personas". Vuelve a abrirse la puerta. Alguien ha apartado las cadenitas que forman una pequeña cortina ante la entrada. "Juan, levántese que le toca entrar en directo en el programa". "¡Anda! ¿y por qué no traéis las cámaras aquí?", bromea él. Camina tras el reportero y se coloca en la puerta de La Huerta. Más de lo mismo. Recordar.

Francisca Martínez ve cómo el camino que pasa delante de su casa se va empañando progresivamente hasta bajar rodando por su mejilla. "Parece que aún la veo... ella pasaba por aquí siempre con su madre... y perdona, pero es que se me cae el alma al suelo cuando hablo de la niña". "Muy bonita, y alegre, siempre estaba riendo", resalta. Despide a los medios con una forzada sonrisa. "Ojalá esto no hubiera pasado nunca".

El dulce olor a pan llena una de las calles principales de Sorbas. La panadera está faenando en el horno. Saca una barra, caliente. "Sé dónde viven los abuelos de la pequeña, pero no voy a decíroslo porque la casa no está para entrar y os pido que lo entendáis", dice a la prensa.

Sorbas ayer no era Sorbas. Un municipio roto por el dolor y unido en torno a una familia. Sorbas era toda la provincia, bañada por las lágrimas de los ángeles.

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