Un funeral evita un incendio en casa de una mujer que sufre mal de Diógenes

  • María y su marido almacenan desde hace años cajas y bolsas de manera compulsiva. El lunes, durante el funeral de una vecina en la casa de la Juventud, los vecinos pudieron alertar y sofocar las llamas

El pasado lunes las campanas sonaban a duelo en Alboloduy, precioso pueblo de cuestas y escaleras ubicado en el margen derecho del río Nacimiento. La abuela de Belén Álvarez había fallecido y todas las gentes del pueblo la velaban en la casa de la Juventud, el recinto utilizado para ésta y otras ocasiones porque ofrece más espacio.

La casa de Belén, en la calle Alta, pega pared con pared con la de Herminio León y María, su mujer, un matrimonio que desde hace años almacena trastos, cajas, bolsas, cualquier cosa, diríase que de manera compulsiva, obsesiva.

Dos muchachos observan una gran humareda negra en la casa del matrimonio León. El primer pensamiento es que están quemando plástico; sin embargo, las llamas comienzan a verse por las ventanas. La pena, la seriedad del funeral se quiebra a los gritos de: ¡fuego! ¡fuego! La abuela de Belén, Dios la tendrá ya en su seno, se queda sola. Todos salen corriendo hacia donde se divisan las llamas.

El fuego ha comenzado en la casa de Herminio, se ha propagado a la vivienda de Belén y queda poco para que se cebe en la siguiente. Todos corren, alguien pide a voces que se saque a los niños del piso de abajo, se pueden asfixiar. Agua, hace falta agua, ¿dónde está el agua? Unos albañiles rumanos dejan el trabajo, hacen falta manos para llevar cubos de agua, enchufar mangueras de riego a los grifos, el fuego sigue su devastador camino. Belén abre el depósito de agua instalado en el techo de su casa. El trasiego incesante de baldes con agua, junto a los escuálidos chorrillos de las mangueras sofocan las llamas, los bomberos llegados de Almería disipan los rescoldos.

La noche agotadora, la noche interminable, precede al entierro de la abuela de Belén. Mientras tanto, en su casa, Herminio repasa el destrozo provocado en sus 'tesoros' por el incendio -según vecinos originado por una chispa desprendida de la chimenea, según Herminio por un cortocircuito en la casa-.

La buena gente de Alboloduy conoce la manía del matrimonio León de guardar cosas. "Esto se veía venir", comenta el hermano de Belén, "si hasta hacen el jabón casero y lo almacenan con lo inflamable que es, esto no puede ser que un mal día salimos todos ardiendo". Dolores López, la vecina que avisó al 112, y Clara Gil que llamó a los bomberos, se lo dicen: "Herminio, que esto se tiene que acabar, que no se puede tener un almacén de trastos en la casa. Te vas a encontrar con alguna denuncia". Herminio comenta por lo bajo que son cosas de su mujer, de María, "que le da por guardar todo y no sé para qué".

Dentro, en la casa, se amontonan cajas, bolsas, más cajas, más bolsas, y María no se deja ver. Le preguntamos a Herminio si lo que su mujer y él almacenan es nuevo, usado, si vale para algo. El hombre mira hacia el suelo: "pues algunas cosas valdrán, mi mujer lo sabe, otras no". ¿Y la basura, Herminio, qué hacen con la basura? "La tiramos".

La tarde del martes y trece coge el tinte amapola del sol. Alboloduy tiene una similitud con Roma: preguntando se llega. Razón lleva Antonio Salvador, su alcalde: "Tienen que poner un indicador en la autovía, que no se ve el nombre de Alboloduy por ninguna parte y la gente se pasa de largo". Alguien, al que le corresponda, recogerá la petición y Alboloduy estará por fin señalizado en la autovía.

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