Un oficio en peligro de extinción

  • Juan Antonio Martínez Doménez trabaja en el campo desde que tiene uso de razón · Nació en un pequeño pueblo de Granada y ahora recorre la sierra de Cabo de Gata junto a sus 600 animales

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La vida de Juan Antonio Martínez Doménez daría para escribir un libro. Una historia que narraría las experiencias de un muchacho nacido en un pequeño cortijo a las afueras de Granada, que recorría diariamente la sierra junto a sus dos perros y las 600 cabras de su padre.

Recibió una educación diferente, como el resto de niños que vivían en Baza. "Allí no había escuela. Recuerdo a un hombre que iba de cortijo en cortijo enseñando a leer y a escribir a los niños. Pasaba por mi casa dos veces a la semana", cuenta, apoyado en su bastón y rodeado de animales.

En aquellos años los servicios no se pagaban con dinero. El mejor regalo era un buen plato de comida o una cama donde poder dormir. "Matábamos a cuatro o cinco marranos a la semana. Cada vez que venía el maestro mi madre ponía un plato más en la mesa. A veces llegaba más tarde y tenía que quedarse a dormir. Mi padre le regalaba tres bolsas de trigo, al igual que lo hacían otras familias de la zona", recuerda.

Su madre era la encargada de preparar el desayuno de la familia. Se levantaba con el canto del primer gallo y cocinaba migas con chorizo para su marido y sus cuatro hijos. "Era una mujer muy trabajadora. Ella se encargaba de hacer el pan, el queso y la morcilla. Cuando nacía un chato, lo mataba al día siguiente".

La madre de Juan Antonio sabía muy bien lo que hacía. La técnica era macabra, pero muy productiva. "El chato se tiraba todo el día mamando de la teta de su madre. Aquella leche se quedaba depositada en una zona de su estómago. Entonces la extraía y la secaba al sol. Esa pieza se utilizaba para cuajar la leche", cuenta.

Al amanecer Juan Antonio y sus cuatro hermanos salían al campo a trabajar. Unos iban a labrar con las bestias, los demás ordeñaban y paseaban a las cabras. "Cada uno desempeñaba una función e íbamos rotando durante la semana".

Con el paso de los años Juan Antonio se hizo un hombre. Tardó muy poco en abandonar su tierra. Su vida dio un giro de 60 grados cuando conoció a un médico llamado Don Manuel. "Aquel señor venía a cazar pájaros a la finca del Romero. Me dijo que el propietario necesitaba a una persona que controlara su terreno y yo, que había sido pastor durante casi toda mi vida, era la persona indicada para ocupar ese puesto", explica, mientras ordena a su perra July que agrupe al ganado.

Desde entonces se levanta cada mañana para pasear el rebaño por la sierra del Cabo de Gata, a pocos kilómetros del pueblo de los Albaricoques, donde reside actualmente. "Me levanto a las cinco de la mañana y estoy en el campo hasta las nueve. A esas horas el sol pega con mucha fuerza y corro peligro de sufrir una insolación. Poco antes del anochecer vuelvo a la casa para cenar con mi mujer".

Siempre va acompañado de una hembra llamada July. Ella se encarga de dirigir el ganado. Una perra muy inteligente que entiende todas las instrucciones que le dicta Juan Antonio. "¡Ponte arriba, pasa a la derecha, vente abajo, a la izquierda July, a la izquierda!", exclama.

Durante la mañana de ayer Juan Antonio y July contaban con la compañía de un perro novato. Un cachorro que está recibiendo las primeras clases para ser el futuro dueño y señor de la manada. "Los ato con una cuerda para que la cría aprenda de su madre. Se llama Canuto y está aprendiendo muy rápido", dice.

Tienen controlado a todo el ganado. Tanto las cabras como las ovejas llevan dos señales diferentes. "La pieza amarilla es su carnet de identidad. Cada una lleva un número, sino sería imposible identificarlas. La verde quiere decir que está vacunada contra la picadura del mosquito. Un insecto que se lleva la vida de muchos animales durante todo el año", detalla.

A Juan Antonio le queda muy poco para la jubilación. Sabe que cada vez hay menos jóvenes que quieran trabajar en su oficio. De hecho, no se lo aconseja a nadie. "Yo lo hago porque soy así. Un día me dijo mi hijo que quería ser pastor y me negué. Es un trabajo muy duro y no quiero que hagan lo mismo que yo. De hecho, ahora los empresarios contratan a los marroquíes, que son los únicos que quieren trabajar con el rebaño".

Dice que el día que se retire se dedicará a estar con su mujer y cuidar de sus nietos. Le gusta la tranquilidad y la vida familiar. "Ya he trabajado muchos años como una mula y creo que pronto llegará la hora de dedicarme a los míos, que son lo que más quiero por los que he trabajado desde el día que nací", concluye.

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