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Una romería con un gran sabor a campo

  • Los vecinos de Turre, con 20 carrozas, honran a San Isidro

Vamos, vamos, que nos vamos, olé, olé, olé, ¡viva San Isidro! Una tras otra, las veinte carrozas emprenden el camino romero. San Isidro bendito, ruega por nuestros campos, por nuestros agricultores, danos buen tiempo y que haya buena cosecha. El cura, Paco para los amigos, que asistió al Obispo en la bendición de la iglesia de Los Gallardos el pasado sábado, ayer domingo bendecía la imagen del santo Isidro. El cura no es Dios, pero, no obstante, ha de estar en tres pueblos casi a la vez: Turre, Los Gallardos y Bédar. Cosas de la vida

Las carrozas, adornadas con palmas y flores, avanzan por la carretera en dirección a Cortijo Grande donde, bajo el techo de los viejos hangares del no menos viejo aeródromo construido con la idea de atraer un posible turismo de lujo, cada grupo romero monta las mesas, adereza sus comidas, en definitiva, está a lo suyo. Ya habrá tiempo después de reunirse todos los romeros en el baile, en el cante, en la fiesta.

Retamas pintan de amarillo ambas orillas del camino, de verde las bolagas y esparteras, una de las carrozas pone las palmas al compás de las rumbas, de las sevillanas, en amplio repertorio de canciones rocieras rebosantes de alegría y ambiente festivo. No hay prisa en llegar, si el hambre aprieta un trozo de pan con algo de embutido afloja las ganas.

Según llegan las carrozas al término del camino se van alineando en el lugar que previamente les ha asignado o el que la costumbre otorga. Por cada carroza, el Ayuntamiento de Turre regala un jamón y sombreros para el sol, no sea que se caliente la sesera más de lo debido, aunque ayer, tal vez por los buenos deseos del cura, quién sabe si por el dicho de que cuando se saca el santo llueve, comenzó a llover si bien el agua pilló a todos los romeros bajo el techo de los hangares.

Si los camiones de cola de la romería transportaban mesas, sillas y viandas, una de las carrozas cargaba con aperos de labranza, algunos con más de dos siglos de antigüedad: grada, vertedera, cama hierro, ubio, orcate, oyeron, cabezón con anteojeras, el bozo, horcas, cencerros, campanillas, reliquias de tiempos pasados en los que el santo Isidro era igualmente festejado. Dicen las crónicas que el labrador Isidro llegaba tarde a trabajar el campo, por lo que el patrón se escondió para comprobar el por qué del retraso y lo vio saliendo de la iglesia. El broncazo fue de aquí te espero, pero llegados al campo el dueño de la tierra vio que los bueyes estaban arando ellos solos la parte que le correspondía al buen Isidro. El patrón entendió aquél hecho como un prodigio del cielo.

Ya los romeros bien comidos, y a fe que sí, algunos se acercan al campeonato de cartas, la brisca. Otros, en cambio, prefieren la petanca y allá que van a echar unas bolas, a medir con buen ojo, y alejar la bola del contrario. El madrugón se deja sentir en unos y en otras cuyos párpados son incapaces de mantener separados. La cabezadita, más bien la siestecita, no se altera ni con los juegos de los niños, ni con los chascarrillos de los mozos a voz en grito.

San Isidro, envuelto en plástico por la lluvia, observa alborozado la fiesta desde la carroza que lo traslada. De cuando en cuando alguien se acerca a visitarlo, quizá a pedirle un buen año, tal vez a hacer una promesa, mientras a lo lejos se canta la Salve rociera.

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