La tradición musical de Rumanía, en manos del acordeonista Bogdan Georgi

  • Los rumanos y los gallegos se reúnen en el bar de la 'Morriña' · Un espacio donde hablan de su tierra, de sus gentes, de la familia que dejaron en su pueblo y de los deseos de regresar a su añorado hogar

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La música sentimental es la más apreciada en Rumania, y los rumanos consideran su doina única en el mundo. Los rumanos y los gallegos se reúnen en el bar de la 'Morriña', allí hablan de su tierra, de sus gentes, de la familia que dejaron en el pueblo, y de los deseos de regreso al hogar.

Bogdan Georgi se casó a los dieciocho años con Valina, la esposa con la que ha tenido once hijos, cinco varones y siete mujeres, y a la que ve tres semanas cada dos meses: "Aquí gano un poquito de dinero, lo envío a casa y después vuelvo a Onesti Bacau, a ciento cincuenta kilómetros de Bucarest, porque tengo hijos en edad difícil, no quiero que se me tuerzan, no me gusta dejar solos a la mujer y a los hijos".

Cierra los ojos, la mirada se hace ausente. ¿En qué estará pensando? De nuevo entre los mortales, Bogdan Georgi habla de la comida: "paso un poquito de hambre, todo, todo, para la familia allá en Rumania. En Rumania decimos que el mejor pescado, sigue siendo el cerdo. Al volver, Valina me prepara comida rumana: musaca, zacusca, mamaliga, y el cuerpo se pone bien".

Bogdan maneja un buen español. Es sorprendente la facilidad con que los emigrantes del Este aprenden el idioma. En el caso de los ciudadanos rumanos es posible que, al ser el idioma rumano un idioma romance, más la herencia de la antigua Roma, tengan afinidades latinas.

A veces, Bogdan Georgi no encuentra la palabra adecuada para expresarse, entonces habla en rumano hasta que la palabra o la frase en español le viene a la cabeza.

"Aprendí a tocar el acordeón en Rumanía. Allí gusta mucho la música, hay mucho gusto por las canciones, por los bailes. Yo tocaba el acordeón en una orquesta grande, con muchos músicos, pero no se ganaba dinero. Muchos hijos. Mi mujer es muy religiosa y así que, pues muchos hijos". Habla con otros compatriotas, les dice que aquí todavía creemos en la existencia del conde Drácula de grandes colmillos y sed de sangre: "No, así no era el conde Drácula", hace una pausa llena de carcajadas, "al conde Drácula se le conoce por el empalador, era valiente y cruel, muy cruel, mató a mucha gente, pero que sepamos no chupaba sangre, eso es cosas de las películas". Alarga el café cortado como si no quisiera acabarlo nunca.

Resta importancia a que se quede frío porque le gusta el sabor del café, porque toma muy pocos que hay que ahorrar, y porque frío el que pasa en las noches: "Duermo en el camping sin apenas ropa de abrigo. Ahora hace menos frío, antes lo he pasado mal por las noches".Bogdan Georgi se gana la vida con el acordeón y una cajita de cartón.

Con el acordeón toca música de todo tipo, las melodías que se le van ocurriendo; la cajita la pone en el suelo para que le echen monedas: "Al día gano entre quince y veinte euros, muy poco para la vida aquí, bien para la vida allí. Yo casi no gasto".

Se conoce la comarca del Levante a fuerza de recorrerla, a veces en autobús, en ocasiones andando. Pasea su música por las terrazas de los bares, las entradas de los supermercados, las puertas de las iglesias, donde haya afluencia de gente.

Las primeras monedas que recoge las usa en hablar telefónicamente con la familia, el resto de monedas las cambia en el estanco donde compra el tabaco que se fuma: "es lo único que gasto en mí, pero si me quito el tabaco ya me dirá qué vida".

Es la vida de un emigrante con mucha música, con poca fortuna, sin ganas de relacionarse con cierta gente de su país, con un único amigo en quien confiar en España. "Hombre, yo estaría en mi país con mi familia, sobre todo ahora que hay mucho trabajo, pero es que pagan muy poco, por eso muchos compatriotas míos no vuelven".

Se levanta de la silla, toma el acordeón de piano, lo cuelga de los hombros, abre y cierra los brazos a la par que los dedos de sus manos pasan de una tecla a otra, de un botón a otro.

De cuando en cuando cierra los ojos, precisa concentración, meterse en la música, evitar la distracción de las gentes a su alrededor, la melodía es suave, imaginativa, descriptiva de lugares verdes a orillas del Danubio.

En quince minutos de concierto callejero, Bogdan Georgi no ha alcanzado los dos euros de recolecta. "No puedo traer a mi familia, somos muchos, aunque algunos hijos ya son casados. En un mes volveré y veré cómo siguen los pequeños, que no quiero que se tuerzan. También quiero ver a mi mujer, a Valina".

A Bogdan le gusta la serenidad con la que se vive aquí. Dice que en Rumania las cosas no son como eran, vamos, que la gente siempre está muy tensa y que él busca tranquilidad. Al estrechar su mano se advierte lo finas, lo delicadas que son, a pesar de su ruda apariencia.

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