Unos 2.000 vecinos despiden al matrimonio que falleció en el incendio de su vivienda

  • Las primeras investigaciones apuntan a que la causa del siniestro fue que la familia se dejó un brasero eléctrico encendido, aunque la Guardia Civil continúa revisando el inmueble para confirmar los hechos

Fue la representación del dolor de todo un pueblo. Unas 2.000 personas, más o menos la mitad de la población de Moriles, acudieron ayer a la parroquia de San Jerónimo a despedir a Julio Pacheco Muñoz y a Patrocinio Ojeda Cortés, la pareja de 48 y 43 años que falleció en la madrugada del pasado martes en el incendio de su vivienda. Mientras tanto, la Guardia Civil continúa investigando el origen del fuego, aunque las primeras hipótesis apuntan a que la causa estuvo en que el matrimonio se dejó encendido un brasero eléctrico en el comedor de su casa. Sin embargo, un equipo de investigación de incendios de la Guardia Civil, que ayer llegó a Moriles, todavía no ha confirmado este extremo.

El funeral se convirtió ayer en una representación multitudinaria del dolor provocado por esta tragedia. Poco antes de las 16.00, Moriles era un pueblo sumido en el silencio. Las campanas de la parroquia repicaban a duelo, los comercios cerraban sus puertas y los vecinos marchaban con el semblante serio y la cabeza gacha hacia San Jerónimo, donde la familia recibía el cariño de los vecinos.

El silencio sobrecogía aún más cuando era interrumpido por los llantos de los hijos de la pareja: Julio, de 19 años, que sobrevivió al siniestro al escapar saltando un muro de tres metros, y Mari Carmen, de 21, que tuvo que ser atendida al sufrir un ataque de ansiedad cuando conoció la noticia. Los hermanos siempre estuvieron arropados por sus familiares más directos, que los protegieron con sus abrazos.

Los féretros llegaron a Moriles sobre las 16.25, cinco minutos antes de que comenzara el funeral. Los coches fúnebres arribaron directamente desde Córdoba, desde la sede del Instituto Anatómico Forense, donde se les practicó la autopsia. Una alfombra de pétalos rojos precedió su entrada en una atestada iglesia, donde se apretujaba cerca de un millar de personas. Al entrar, cesó el doblar de las campanas y el párroco arrancó una eucaristía dirigida especialmente a calmar el dolor de los hijos del matrimonio. En la puerta, otro millar de personas esperaba al final de una misa que duró 45 minutos.

La multitud era tan enorme que los asistentes al funeral tardaron un cuarto de hora en desalojar la iglesia y las muestras de cariño tan grandes que se necesitó un coche fúnebre exclusivamente para portar las 18 coronas y ramos de flores que acompañaban el luctuoso cortejo. Al final, en medio de una tristeza multitudinaria y camino del cementerio, los dos féretros pasaron por la puerta de la casa, todavía calcinada, donde pereció el matrimonio.

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