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Caminante, no hay camino...
el personaje
Caminante, no hay camino...
| Actualizado 16.01.2010 - 01:00Mateo Ilbuudo (35 años) y Salica Dmbele (25) forman parte del engranaje agrícola que se extiende por la zona de Levante. Llegaron a España en busca de empleo y se encontraron con un realidad bastante diferente de lo que siempre habían soñado.
"Pensaba que aquí había una vida mejor", recuerda Mateo. "En mi país, Burkina, yo era maestro de primaria, y cuando llegué aquí en 2002 sólo encontré trabajo en el campo. Perdí lo que tenía allí y no tengo la oportunidad de seguir haciendo lo que hacía. Ahora no tengo más remedio que quedarme. Preferiría trabajar en otra cosa, pero no puedo".
Pese a todo, tuvo suerte. Cuando llegó a Almería un amigo lo acogió en su casa y a los dos días ya estaba trabajando en una superficie agrícola. Posteriormente se quedó en paro, así que decidió coger las maletas y viajar por todo el país en busca de empleo. Así, cambió Almería por Zaragoza, y pasó del campo a una empresa en la que se dedicaba a montar muebles. Dos años después, maletas y vuelta a empezar. La crisis manda, así que regresó a Almería. Ahora reside en San Isidro y trabaja en un vivero.
La historia de Salica no difiere mucho de la de su compañero. Como él salió de su país, Mali, pensando en prosperar. Wra muy joven y no sabía ni una palabra de español, no conocía a nadie y tuvo que visitar muchos lugares para encontrar su sustento. Aún todavía, después de casi seis años residiendo en la provincia le cuesta expresarse en castellano. "Fue un choque", explica. "Aquí estamos solos".
Salica tuvo suerte. Encontró un puesto en un vivero y sus jefes tramitaron todos los documentos necesarios para que pudiera trabajar en España. Con el paso del tiempo ha aprendido el oficio y ya es capaz de desempeñar todo el trabajo de manera autónoma. Se ha convertido en una pieza imprescindible, como Mateo.
Ahora España es su segundo país, y sólo regresa a Mali para ver a su familia y amigos, a los que añora. "Viajo una vez al año y me quedo allí dos o tres meses, a veces cuatro". Quedarse definitivamente no es posible, porque aunque aquí haya crisis económica, la de allí es endémica.
Cae la tarde y comienzan a recogerlo todo. Echan el cierre al invernadero. Mañana será otro día.
"Pensaba que aquí había una vida mejor", recuerda Mateo. "En mi país, Burkina, yo era maestro de primaria, y cuando llegué aquí en 2002 sólo encontré trabajo en el campo. Perdí lo que tenía allí y no tengo la oportunidad de seguir haciendo lo que hacía. Ahora no tengo más remedio que quedarme. Preferiría trabajar en otra cosa, pero no puedo".
Pese a todo, tuvo suerte. Cuando llegó a Almería un amigo lo acogió en su casa y a los dos días ya estaba trabajando en una superficie agrícola. Posteriormente se quedó en paro, así que decidió coger las maletas y viajar por todo el país en busca de empleo. Así, cambió Almería por Zaragoza, y pasó del campo a una empresa en la que se dedicaba a montar muebles. Dos años después, maletas y vuelta a empezar. La crisis manda, así que regresó a Almería. Ahora reside en San Isidro y trabaja en un vivero.
La historia de Salica no difiere mucho de la de su compañero. Como él salió de su país, Mali, pensando en prosperar. Wra muy joven y no sabía ni una palabra de español, no conocía a nadie y tuvo que visitar muchos lugares para encontrar su sustento. Aún todavía, después de casi seis años residiendo en la provincia le cuesta expresarse en castellano. "Fue un choque", explica. "Aquí estamos solos".
Salica tuvo suerte. Encontró un puesto en un vivero y sus jefes tramitaron todos los documentos necesarios para que pudiera trabajar en España. Con el paso del tiempo ha aprendido el oficio y ya es capaz de desempeñar todo el trabajo de manera autónoma. Se ha convertido en una pieza imprescindible, como Mateo.
Ahora España es su segundo país, y sólo regresa a Mali para ver a su familia y amigos, a los que añora. "Viajo una vez al año y me quedo allí dos o tres meses, a veces cuatro". Quedarse definitivamente no es posible, porque aunque aquí haya crisis económica, la de allí es endémica.
Cae la tarde y comienzan a recogerlo todo. Echan el cierre al invernadero. Mañana será otro día.
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Fernando Magaña llegó a Los Filabres tras una larga etapa en el segmento de los helados.





