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Una mujer singular
Una mujer singular
'Ahora y siempre' (Lumen) es el título del libro de memorias de Diane Keaton, una presencia rompedora en el cine norteamericano de los años 70
José Abad | Actualizado 30.01.2012 - 11:30Diane Keaton nació en Los Ángeles, en 1946, en el seno de una familia acomodada. Nunca supo lo que son las privaciones ni ha sufrido traumas de ninguna clase. Se agradece, de todos modos, su negativa a dramatizar incluso esos golpes que habrían dado pábulo al drama. En el libro escuchamos la voz de una mujer de 65 años que probó la miel del éxito, la hiel del fracaso, y ninguno brilló con tanta intensidad como para cegarla. Después de cursar estudios de Arte Dramático en la Neighborhood Playhouse de Nueva York, intervino en dos importantes hitos teatrales: el musical Hair y la comedia Sueños de seductor de un tipo conocido entonces por sus intervenciones televisivas: Woody Allen. Hair la hizo famosa por, entre otras razones, negarse a aparecer desnuda sobre el escenario a la par que otros compañeros; un episodio que toca de soslayo. "Quienes se quitaban la ropa durante la representación recibían una propina de cincuenta dólares", comenta. Cuando la actriz principal abandonó la obra, el productor le ofreció el papel a condición de que adelgazara. Esto la llevó a la bulimia. Comía normalmente con su familia y conocidos pero, a la primera oportunidad, se encerraba en el baño para provocarse el vómito.
La adaptación cinematográfica de Sueños de seductor (1971), dirigida por Herbert Ross, le abrió las puertas del cine. Woody Allen supuso un antes y un después en su vida. Han sido amigos, amantes, cómplices, compinches, compadres... Que nadie invoque el mito de Pigmalión, no obstante, pues también ella supuso un antes y un después en la vida de Allen, y tampoco él se llamó a engaño: en El dormilón (1973), en una desopilante parodia de Un tranvía llamado deseo, Woody recita la parte de la frágil Vivien Leigh y Diane la del rudo Marlon Brando. Sobran comentarios. Después vendrían La última noche de Boris Grushenko (1975), una astracanada a costa de Lev Tolstoi, y Annie Hall (1977), que le valdría un Oscar a la Mejor Actriz. Annie Hall era un hermoso brindis a su historia de amor, que había terminado un par de años antes, así como un retrato tierno y mordaz de la propia Diane, una mujer inteligente, con un punto chiflado, incapaz de poner orden en el mobiliario de su propia existencia. Diane Keaton es Annie Hall, y viceversa. Para Allen todavía participaría en Interiores (1978), Manhattan (1979) y tardíamente, sustituyendo a Mia Farrow, en Misterioso asesinato en Manhattan (1993).
Diane Keaton fue asimismo compañera sentimental de Warren Beatty y musa suya en Rojos (1981), una insólita epopeya hollywoodiense en torno a la Revolución Rusa; la película cosechó un puñado de estatuillas y varias nominaciones, entre ellas una a la mejor intérprete femenina. Hoy, Rojos se nos antoja un fogonazo previo al apagón. En la carrera posterior de Diane Keaton, los fiascos vencen por puntos a los triunfos. En su filmografía escasean las buenas películas y se prodigan las propuestas fallidas, cuando no abiertamente anodinas. En su libro, la actriz escribe a propósito unas líneas que quizás provoquen revuelo entre las filas feministas: "Sin un gran hombre que escribiera para mí y me dirigiera, yo era como mucho una estrella de cine mediocre". Lo único cierto es esto: o no le llegaron buenos proyectos o no supo elegirlos. En un momento dado probó suerte tras las cámaras. La crítica se despachó a gusto con su primer largometraje, Heaven (1987), y no les fue mejor a sus siguientes realizaciones: Héroes a la fuerza (1995) y Colgadas (2000). En este punto de inflexión, la propia Keaton reconoce: "Estaba prácticamente fuera de juego como actriz y sin duda como directora novata". Esta y no otra es la verdad.
La protagonista de Ahora y siempre es la mujer, no la actriz. Una mujer de un optimismo tenaz, muy femenino, que ha afrontado distintos reveses con una deportividad admirable: "Durante los cinco meses que mi padre vivió con un tumor cerebral aprendí que el amor, cualquier amor, es un trabajo, un gran trabajo, el mejor trabajo". Aún debería sufrir otra perdida en circunstancias dolorosas. Keaton cuenta con una sobriedad admirable cómo el Alzhéimer desalojó a su madre del propio cuerpo. Primero se apagaron unas pocas luces que dejaron en sombras la habitación y produjeron esos despistes tan característicos. A continuación, la oscuridad se fue adueñando de la memoria, el entendimiento y la voluntad, y costaba trabajo reconocer en aquella enferma a la persona de antaño. Diane Keaton se reafirma en sus convicciones: "Un día nos damos cuenta de que hemos pasado la vida con unas pocas personas. Es mi caso. [...] Están mis hermanos, y están mis hijos, pero también tengo una familia extendida. Las personas que han permanecido a mi lado. Las personas que han acabado siendo más que amigos; las personas que me abren cuando llamo a su puerta".
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