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El desencanto y la paranoia
El desencanto y la paranoia
Colección Nosferatu dedica su nuevo libro colectivo, coordinado por Antonio José Navarro, al estimulante 'thriller' norteamericano de los años setenta
Manuel J. Lombardo | Actualizado 23.02.2010 - 11:05Da vértigo repasar la cosecha del cine norteamericano de 1971: Conocimiento carnal, de Mike Nichols, The French Connection, de William Friedkin, Los vividores, de Robert Altman, La última película, de Peter Bogdanovich, Harry el sucio, de Don Siegel, Duel, de Steven Spielberg, Bananas, de Woody Allen, Harold y Maude, de Hal Ashby, Klute, de Alan J. Pakula, Escalofrío en la noche, de Clint Eastwood, The last movie, de Dennis Hopper, Carretera asfaltada en dos direcciones, de Monte Hellmann, Shaft, de Gordon Parks, sin olvidarnos de La naranja mecánica, de Kubrick, Macbeth, de Polanski o Zabriskie Point, de Antonioni, coproducciones de tres pesos pesados del cine mundial de aquellos días. Títulos todos que confirmaban un nuevo estado de las cosas en plena reconstrucción del sistema de Hollywood y que anunciaban la que muchos consideran la mejor -por calidad, variedad y libertad creativa- década de su historia, década a la que se regresa hoy (Zodiac, La noche es nuestra, Pelham 1,2,3, Red de mentiras, American Gangster) desde la nostalgia o la impotencia.
En la carrera por el Oscar de aquel año se colaban todavía algunos vestigios del antiguo régimen -Nicolás y Alejandra y El violinista en el tejado-, aunque la Academia acaba rendida al empuje del emergente Nuevo Hollywood y sus jóvenes autores (Coppola y Scorsese llegarían pronto para quedarse) con sus cinco premios para The French Connection (mejor película, mejor director, mejor guión adaptado, mejor montaje y mejor actor para Gene Hackman). La cinta de Friedkin, futuro director de El exorcista, la película más taquillera de su tiempo, daba carta de naturaleza a un nuevo estilo pseudocumental, heredero de cierta tradición directa y de los reflujos de las nuevas olas europeas (de Antonioni a Rohmer, presentes directa o indirectamente en títulos como La conversación o La noche se mueve), para reescribir las coordenadas del género policiaco y criminal con altas dosis de acción (la persecución de coches por las calles del Bronx marcó un hito) aunque especialmente atenta a la observación entomológica de un personaje opaco y obsesivo (Popeye Doyle) en su inconclusa persecución de un traficante de drogas (Fernando Rey), observación y obsesión que se radicalizarían aún más en la secuela dirigida por John Frankenheimer cuatro años más tarde, ambientada ahora en las calles de Marsella.
Las nuevas maneras y el nuevo tono de The French Connection inauguraban una década gloriosa para el thriller norteamericano, un género menor que iba a alcanzar en este periodo una riqueza, una madurez, una densidad y una complejidad inusitadas a través de las cuales era posible tomarle el pulso a la sociedad norteamericana de la época, preocupada por la galopante escalada de la delincuencia, la violencia, el crimen, la corrupción policial, la segregación racial, obsesionada por innumerables teorías conspirativas tras los asesinatos de los Kennedy y Luther King, y aún bajo los efectos traumáticos de la guerra de Vietnam.
De este thriller nervioso y crudo, desencantado y desmitificador, en ocasiones austero y minimalista hasta los límites de la abstracción (Klute, El último testigo), "doblemente melancólico" (Losilla), ni clásico ni moderno, con sus variantes y subgéneros (blaxploitation, retro, el spy o el political thriller), autores especializados (Don Siegel, John Frankenheimer, Michael Winner, Alan J. Pakula o Peter Yates, director de la seminal e influyente Bullitt y de una auténtica perla, El confidente, que nos descubrían recientemente Gallego&Crespo), de sus coyunturas y subtextos, de su asentamiento industrial o sus derivas independientes (Cassavettes con The killing of a chinese bookie, Barbara Loden con Wanda), de sus formas (en ocasiones aligeradas y directas, en otras, claustrofóbicas o geométricas), temas (la venganza, la obsesión, la vigilancia), espacios (la ciudad como escenario del crimen) o personajes (el policía, el detective o el gángster como antihéroes), da buena cuenta este libro colectivo coordinado por Antonio J. Navarro en el que participan estimulantes firmas como las de Carlos Losilla, Jaime Pena, Jorge Gorostiza, Quim Casas, Roberto Cueto, Tomás Fernández Valentí, Jesús Palacios o Desirée de Fez.
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