Jorge Juan descubre el I+D

Nuria Valverde reconstruye la azarosa biografía del marino e ingeniero español.

Jaime García Bernal | Actualizado 23.05.2012 - 07:30
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Retrato de Jorge Juan, un científico que se entregó a un aprendizaje continuo de técnicas y saberes.

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Un mundo en equilibrio. Jorge Juan (1713-1773). Nuria Valverde. Colección Ambos Mundos. Marcial Pons, 2012. 277 págs. 22 euros.

¿Por qué el péndulo va más lento en Cayena que en París? Esta cuestión obsesionaba a los científicos europeos de finales del siglo XVII. Muchas cosas estaban en juego en la respuesta: la rotación de la tierra, la controversia sobre el comportamiento de los fluidos en movimiento, el problema de la percepción de la forma de los planetas y, sobre todo, de aquel que no se podía observar a distancia, es decir, la propia tierra. Más allá de esto asomaba una cuestión de método, suscitada por la divulgación de los Principia de Newton: ¿cómo acoplar los modelos teóricos con la medición?. Un asunto antes político que científico, pues medir con precisión era, a su vez, la clave para dominar el sistema del mundo. En este contexto que empezaba a asociar la tecnología con el desarrollo de productos estratégicos y este, a su vez, con un nuevo concepto de la diplomacia naval y el control de los mares inserta Nuria Valverde el periplo vital del marino e ingeniero español Jorge Juan. Una vida encabalgada entre la vocación científica y el servicio público; marcada por un aprendizaje continuo de técnicas y saberes, aplicados y corregidos en contextos muy distintos, y que tuvieron el camino de vuelta de la reflexión teórica en una amplia obra divulgativa. En fin, un relato biográfico que se convierte en una manera original de narrar el siglo XVIII.

La Dra. Valverde, Profesora de la Universidad Autónoma Metropolitana-Cuajimalpa de México, enjareta los cinco capítulos del libro (el sexto es un epílogo sobre la obra de madurez de Jorge Juan, el Examen Marítimo) sobre los principales escenarios que marcaron una vida cosmopolita: los años formativos en Malta, la famosa expedición de La Condamine al Ecuador, la estancia en Inglaterra como espía industrial, el regreso a España para trabajar en el ambicioso programa de renovación de la flota y astilleros del Marqués de la Ensenada, para terminar analizando su etapa como embajador en Marruecos. El hilo conductor de esta rica trayectoria es siempre la experiencia concebida como forma de conocimiento práctico orientado al servicio público que, a juicio de la autora, fue la deriva de legitimación que adquirió el Estado moderno en el siglo de la Ilustración. Las dos potencias atlánticas del momento, Francia e Inglaterra, así lo procuran, disputándose las tecnologías de la medición, el control de la información y el dominio de la organización científica. España, un paso atrás, trata de recuperar el terreno perdido, copiando técnicas y estrategias para mejorar, sobre todo las relacionadas con la industria naval. Y en esta madeja de intereses enfrentados y celos académicos se desarrolla la azarosa vida de Jorge Juan.

Junto con su compañero Antonio de Ulloa, el protagonista de esta historia participó en la citada misión geodésica del Ecuador, organizada por la Academia de Ciencias francesa con el permiso de la Corona española, para medir la longitud de un grado de meridiano y determinar si la tierra estaba achatada por los polos. Las mediciones se realizaron en la difícil orografía andina, triangulando entre tormentas y fríos a miles de metros de altitud. Tuvieron que adaptar técnicas e instrumentos sobre el terreno, aprendiendo a base de ensayo y error la complejidad de establecer la latitud, intuyendo problemas teóricos sobre la observación astronómica que no se resolverían hasta el siglo XIX. Como no hay vuelta fácil, fueron retenidos por el terremoto de Lima de 1746, y al regreso, sorprendidos por los ingleses que estaban en guerra entonces con España, teniendo que echar por la borda valiosas noticias económicas y estratégicas. Este incidente fue, sin embargo, un mal menor. El joven Jorge había traído consigo un caudal de conocimientos prácticos suficiente para organizar en el futuro sus propias empresas científicas. Cuando Ensenada le envíe a Inglaterra, admirado por la madurez y perspicacia desplegada en sus Observaciones astronómicas y físicas de los reinos del Perú (Madrid, 1748), será capaz de orillar trampas y dificultades, participando a las autoridades españolas de los planes ingleses para el estratégico paso del cabo de Hornos. Y más tarde, haciéndose pasar por un librero, conseguirá conocer de primera mano el funcionamiento de las instituciones científicas inglesas que trasladará a la fundación del Real Colegio de Guardamarinas de Cádiz.

Ya afamado y reconocido publicará, en esta última ciudad, El compendio de navegación, manual de uso para pilotos que no desmerece un punto del que John Robertson editaba por las mismas fechas bajo los auspicios de la Royal Society de Londres. En este texto Jorge Juan defiende su concepto del arte de navegación como un saber integrador de geometría y observación empírica. Un arte de calcular y corregir, que ligaba ciencia y experiencia, al servicio del desarrollo de su país. Fue la divisa de toda su vida. Hoy lo llamamos I+D.
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