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"La escritura es un territorio a conquistar, no quiero repetirme"
José Manuel Fajardo Escritor y periodista
"La escritura es un territorio a conquistar, no quiero repetirme"
Con 'Mi nombre es Jamaica', Fajardo cierra una trilogía emprendida hace tres lustros. El periodista y escritos granadino cuenta con el Premio Internacional de Periodismo Rey de España por 'Las naves del tiempo' y, en Francia, el Premio Charles Brisset por 'Una belleza convulsa'.
José Abad | Actualizado 19.06.2010 - 13:26-¿Cómo nació 'Mi nombre es Jamaica'?
-Quería escribir una novela que cerrara la trilogía que había comenzado con Carta del fin del mundo y El converso; una trilogía sobre la huella judía en la identidad española y sobre el peso de la Historia. Pensé en recuperar algún personaje de El converso, pero no quería limitarme a regresar al siglo XVII, sino traer este siglo hasta el XXI, tirar del hilo de la Historia, y colocar el pasado en el presente.
-¿Y se imaginó que le llevaría cinco años escribirla?
-No. Pensé que sería cosa de un par de años, pero tuve que resolver muchos problemas. De un lado, la voz narrativa. Elegí una voz de mujer porque quería escribir desde el punto de vista del Otro. Después la novela se convirtió no sólo en el cierre de esa trilogía, sino en el de todo un ciclo de escritura. Y estaba el problema de mantener dos tiempos narrativos, uno en el siglo XXI y en diversos escenarios (Israel, París y Granada) y otro en el XVII y en la selva amazónica peruana.
-Usted ha escrito: "Todo lo que consideramos seguro puede saltar por los aires en un segundo, todo". No derrocha optimismo…
-Sin embargo, soy una persona optimista. Pero un optimista escarmentado. A estas alturas, quien no es consciente de nuestra fragilidad no es optimista, sino ingenuo. El optimismo es la confianza en que somos capaces de sobreponernos a nuestras desdichas y, pese a todo, encontrar espacios de felicidad.
-Leyendo su novela, se diría que no estamos en una crisis económica, sino al borde del abismo.
-El protagonista ha perdido a su mujer y a su hijo y siente que su mundo se hunde; ese sentimiento lo lleva a mirar la crisis como un hundimiento. La suya es una mirada desesperada. Frente a él, Dana, la narradora, trata de oponer un poco de cordura. La novela refleja el malestar ante un mundo que está cambiando y que tiene los medios (económicos, militares) capaces de llevarnos no sé si al abismo pero sí a situaciones terribles.
-¿Ha sentido la tentación, como su protagonista, de liarse la manta a la cabeza y dejarlo todo?
-No sólo he sentido esa tentación, he cedido a ella varias veces. Un día decidí dejar el periodismo activo. Mi carrera profesional estaba consolidada, pero no conseguía escribir mi primera novela, así que me lié la manta a la cabeza y lo dejé todo. Me fui al paro, dejé Madrid y me instalé en un pueblo del País Vasco. Así pude dedicarme a la literatura. Años después me trasladé a París a riesgo de morir literariamente. Y ahora acabo de dejar París y me he instalado en Lisboa. No sé si es muy cuerdo, pero me ayuda a vivir.
-Mi nombre es Jamaica es una proclama a favor de los humillados y ofendidos, ¿todas las víctimas son iguales?
-El tema me obsesiona desde hace años. Se suele decir que todas las víctimas son iguales y todos los verdugos, también. Y es falso. Una cosa es la necesidad de reparar a las víctimas y de castigar a los verdugos, pero los seres humanos somos seres históricos y las maneras en que el sufrimiento y la crueldad se padecen y ejercen son diversas. Si se quiere atender a las víctimas y poner fin a la crueldad de los verdugos es necesario verlos con sus diferencias y en su contexto.
-El protagonista califica de judío a toda víctima y de inquisidor a todo verdugo, ¿no corre el riesgo de simplificar?
-Es que se trata de una simplificación. Sólo que no soy yo quien los califica así, sino uno de mis personajes, cuya locura lo lleva precisamente a esa mirada simplificadora.
-Ese viaje desde Tel-Aviv hasta Granada, del actual Israel a la antigua Sefarad, ¿es un acto de justicia poética?
-Es desandar el camino del exilio de los judíos españoles. Me gustaría pensar que es un acto de justicia poética o la realización de ese sueño que tantos no pudieron hacer realidad. También es un regreso a mis raíces. Nací en Granada, pero la abandoné con sólo tres años. Mi familia es granadina y la sombra de la ciudad me ha acompañado todos estos años. Sin embargo, nunca había escrito sobre Granada. A lo mejor la docena de libros que llevo publicados no son más que mi camino de vuelta a casa.
-Para la próxima novela, ¿tendremos que esperar otros cinco años?
-Ojalá no tarde tanto, pero uno nunca sabe, cada novela tiene su propio ritmo. Quiero aventurarme en otros registros literarios. La escritura es un territorio a conquistar; no quiero repetirme. Siento curiosidad por ver qué soy capaz de escribir.
-Quería escribir una novela que cerrara la trilogía que había comenzado con Carta del fin del mundo y El converso; una trilogía sobre la huella judía en la identidad española y sobre el peso de la Historia. Pensé en recuperar algún personaje de El converso, pero no quería limitarme a regresar al siglo XVII, sino traer este siglo hasta el XXI, tirar del hilo de la Historia, y colocar el pasado en el presente.
-¿Y se imaginó que le llevaría cinco años escribirla?
-No. Pensé que sería cosa de un par de años, pero tuve que resolver muchos problemas. De un lado, la voz narrativa. Elegí una voz de mujer porque quería escribir desde el punto de vista del Otro. Después la novela se convirtió no sólo en el cierre de esa trilogía, sino en el de todo un ciclo de escritura. Y estaba el problema de mantener dos tiempos narrativos, uno en el siglo XXI y en diversos escenarios (Israel, París y Granada) y otro en el XVII y en la selva amazónica peruana.
-Usted ha escrito: "Todo lo que consideramos seguro puede saltar por los aires en un segundo, todo". No derrocha optimismo…
-Sin embargo, soy una persona optimista. Pero un optimista escarmentado. A estas alturas, quien no es consciente de nuestra fragilidad no es optimista, sino ingenuo. El optimismo es la confianza en que somos capaces de sobreponernos a nuestras desdichas y, pese a todo, encontrar espacios de felicidad.
-Leyendo su novela, se diría que no estamos en una crisis económica, sino al borde del abismo.
-El protagonista ha perdido a su mujer y a su hijo y siente que su mundo se hunde; ese sentimiento lo lleva a mirar la crisis como un hundimiento. La suya es una mirada desesperada. Frente a él, Dana, la narradora, trata de oponer un poco de cordura. La novela refleja el malestar ante un mundo que está cambiando y que tiene los medios (económicos, militares) capaces de llevarnos no sé si al abismo pero sí a situaciones terribles.
-¿Ha sentido la tentación, como su protagonista, de liarse la manta a la cabeza y dejarlo todo?
-No sólo he sentido esa tentación, he cedido a ella varias veces. Un día decidí dejar el periodismo activo. Mi carrera profesional estaba consolidada, pero no conseguía escribir mi primera novela, así que me lié la manta a la cabeza y lo dejé todo. Me fui al paro, dejé Madrid y me instalé en un pueblo del País Vasco. Así pude dedicarme a la literatura. Años después me trasladé a París a riesgo de morir literariamente. Y ahora acabo de dejar París y me he instalado en Lisboa. No sé si es muy cuerdo, pero me ayuda a vivir.
-Mi nombre es Jamaica es una proclama a favor de los humillados y ofendidos, ¿todas las víctimas son iguales?
-El tema me obsesiona desde hace años. Se suele decir que todas las víctimas son iguales y todos los verdugos, también. Y es falso. Una cosa es la necesidad de reparar a las víctimas y de castigar a los verdugos, pero los seres humanos somos seres históricos y las maneras en que el sufrimiento y la crueldad se padecen y ejercen son diversas. Si se quiere atender a las víctimas y poner fin a la crueldad de los verdugos es necesario verlos con sus diferencias y en su contexto.
-El protagonista califica de judío a toda víctima y de inquisidor a todo verdugo, ¿no corre el riesgo de simplificar?
-Es que se trata de una simplificación. Sólo que no soy yo quien los califica así, sino uno de mis personajes, cuya locura lo lleva precisamente a esa mirada simplificadora.
-Ese viaje desde Tel-Aviv hasta Granada, del actual Israel a la antigua Sefarad, ¿es un acto de justicia poética?
-Es desandar el camino del exilio de los judíos españoles. Me gustaría pensar que es un acto de justicia poética o la realización de ese sueño que tantos no pudieron hacer realidad. También es un regreso a mis raíces. Nací en Granada, pero la abandoné con sólo tres años. Mi familia es granadina y la sombra de la ciudad me ha acompañado todos estos años. Sin embargo, nunca había escrito sobre Granada. A lo mejor la docena de libros que llevo publicados no son más que mi camino de vuelta a casa.
-Para la próxima novela, ¿tendremos que esperar otros cinco años?
-Ojalá no tarde tanto, pero uno nunca sabe, cada novela tiene su propio ritmo. Quiero aventurarme en otros registros literarios. La escritura es un territorio a conquistar; no quiero repetirme. Siento curiosidad por ver qué soy capaz de escribir.
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