Autorretrato descarnado de Sontag

Siete años después de su muerte, la editorial Mondadori publica el primer volumen de los diarios íntimos de la gran intelectual norteamericana, de cuya edición se ha ocupado su hijo David Rieff

| Actualizado 26.05.2011 - 01:00
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Sontag, con su inconfundible mechón blanco.

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En sus últimos años, Susan Sontag lucía un singular mechón blanco que, caído a un lado de la cabeza, se asemejaba a una caricia; el rostro adusto y la mirada escrutadora no ahogaban una irisada ternura. Los años le quitaron lustre, pero no fuerza. Hasta el final fue una de las personalidades más polifacéticas a este lado del mundo y una voz crítica como pocas con el establishment. Me viene a mientes un artículo suyo, al socaire de los atentados del 11 de septiembre de 2001, recordándoles a sus paisanos las responsabilidades de cada cual: los Estados Unidos no se habían convertido en el objetivo de una gavilla de carniceros porque sí; existían unas causas (denunciadas por ella reiteradamente) y urgía reflexionar sobre éstas: un obcecado imperialismo y décadas de impunidad habían pasando factura a la ciudadanía norteamericana. No le gustaba, no podía gustarle George W. Bush. De aquel presidente dijo que era un estúpido rodeado de gente muy inteligente. Protestó contra la astracanada de Iraq ridiculizando la imagen de libertadores que tiene de sí la soldadesca yanqui, se alzó contra las torturas a presos iraquíes de Abu Ghraib y mojó la pluma en alquitrán, no en tinta, cuando le tocó cubrir la reelección del inefable Mr. Bush. Su ejemplo era una continua bocanada de aire fresco.

Esta actitud batalladora venía de antiguo. Cuando le tocó hacerlo, se pronunció en contra de la presencia de su país en Vietnam. Durante la guerra en la antigua Yugoslavia, además de trabajar como corresponsal, dirigió un montaje de Esperando a Godot entre las ruinas de Sarajevo Luchó, voceó, discutió hasta su último aliento intentando sacarles olas a las aguas quietas del aborregamiento hodierno, y lo hizo desde todas las tribunas posibles. Escribió ensayo (Contra la interpretación, La enfermedad y sus metáforas), novela (El amante del volcán, En América) y compuso teatro y letras para grupos de rock.

Se dedicó al cine (quizás su faceta menos conocida), ejerciendo de crítica, ¡faltaría más!, y realizadora. Con motivo de una visita a España para recoger el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, entre otras cosas, confesó sentir un poco de vergüenza por vivir en EEUU, y aprovechó la ocasión para lamentarse de que en su país no existiera el debate, aunque bastaría su solo ejemplo para desmentirla. Lo cierto es que con una docena de mujeres semejantes la sociedad respiraría mejor. Murió en la misma ciudad donde nació, Nueva York. Un cáncer sanguíneo vació de vida sus venas el 28 de diciembre de 2004.

Ahora, apenas siete años después, se nos presenta una ocasión inmejorable de conocer la forja de aquella rebelde, pues acaba de publicarse el primero de los tres volúmenes que recogerán una selección de sus diarios íntimos; una circunstancia que reabre la vieja cuestión de la licitud o no de sacar a la luz un material del que ignoramos qué uso le habría dado su autora. Esta ardua e ingrata labor ha recaído sobre su hijo David Rieff, quien, en un magnífico prólogo, confiesa su extravío ante ciertos contenidos que son "una fuente de dolor para mí" y otros asuntos "sobre los que habría preferido no enterarme y que otros tampoco se enteraran". Renacida. Diarios tempranos, 1947-1964 (Mondadori) es un autorretrato sin ambages de una mujer dominada desde la adolescencia por unas ansias de conocimiento imposibles de colmar, y unos no menos arrolladores deseos de recorrer las autopistas de la vida con el acelerador pisado al fondo. Posiblemente nunca improvisó, ni siquiera cuando se entregaba con celeridad, incluso temeridad, a sus apetitos. Desde muy joven, Susan Sontag fue una persona implacable e impulsiva.

En una entrada correspondiente a diciembre de 1948, teniendo ella 15 años, confiesa: "Creo que tengo tendencias lésbicas (con cuánta renuencia escribo esto)"; apenas unos meses más tarde está plenamente integrada en el mundillo gay de San Francisco. "A lo único que renuncio es a la facultad de renuncia, a retirarme […]. Estoy viva… Soy hermosa… ¿hay algo más?", escribe en mayo de 1949. La primera noticia sobre el que será su marido, Philip Rieff, aparece en noviembre de 1950; en enero ya anuncia su boda "con plena conciencia [y] temor a mi voluntad de autodestrucción". El matrimonio apenas durará ocho años, pero el hastío hace su nido casi de inmediato: "El propósito del matrimonio es la repetición. Su mayor aspiración es la creación de mutuas y sólidas dependencias", vierte sobre el papel en septiembre de 1956. Unos años más tarde organiza un viaje a París, una huida en realidad, y allí vivirá un tormentoso romance con Harriet Sohmers. Esta relación la pone continuamente entre la espada y la pared. No puede prescindir de ella pero, cuando se van a vivir juntas, la describe en estos términos: "Egoísta, nerviosa, burlona, aburrida de mí, aburrida de París, aburrida de sí misma". Estamos en enero de 1958.

En paralelo a esta deriva emocional, vemos crecer (y crecerse) a una intelectual beligerante, orgullosa de tal. En estos Diarios tempranos encontramos, en primer lugar, a una lectora omnívora que elabora listas interminables de títulos que debe leer o releer (nada que ver con quienes se presentan como buenos lectores porque leen un libro de tanto en tanto). Esa vehemencia irá agudizándose y afilando la voz de una pensadora que entra a saco en los temas más acuciantes, aunque duela, porque duelen: "Mejor saber que ser inocente -escribe en julio de 1958, y unas líneas más abajo añade-: La debilidad es contagiosa, con razón las personas fuertes recelan de las débiles". Frente a otros diarios escritos para maquillar la persona, éstos se presentan sin afeites, procaces de tan sinceros. No hay asomo de mentira, esa forma simple de autodefensa, según definición de la propia Sontag.
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Referente en celebraciones

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