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Sobre la libertad
si sopla el viento
Sobre la libertad
Andrés García Lorca | Actualizado 23.09.2008 - 01:00EL lenguaje de la violencia es amplio y variado, pude ser sutil o zafio, brusco o delicado, pero siempre expresa lo mismo, impotencia, inseguridad o soberbia, no exenta de grandes dosis de sinrazón. Normalmente los violentos son los enemigos de la libertad y de la igualdad, no pueden soportar que otros puedan ser iguales a ellos o que puedan expresar algo diferente a su voluntad o sus ideas.
Los etarras tienen el lenguaje de las bombas y de las pistolas, de la extorsión y del secuestro, es muy parecido al de los clanes mafiosos; la intimidación, es la primera fase, el chantaje la segunda y el asesinato la síntesis. Ciertamente es una metodología eficaz y ha dado sus frutos, pero no podemos aceptarla.
En la actualidad, el lenguaje de la violencia vive con nosotros, es tan usual que lo encontramos natural, incluso me atrevo a señalar que no podemos vivir sin el.
El lenguaje de la violencia surge del poder, ya sea físico, intelectual, político, económico o religioso, y lo es por la propia naturaleza y origen del mismo, el dominio y la conquista. No ocurre lo mismo con la autoridad, esta se manifiesta, no se impone, no necesita de la violencia para actuar y siempre busca la paz. La autoridad surge de la libertad; y los ciudadanos son los que la reconocen, la identifican y la aceptan.
Hoy, padecemos de mucho poder y poca autoridad, por eso las cosas funcionan como funcionan y la libertad se convierte en un don precario, en una aspiración; le pasa como al concepto de desarrollo sostenible, es más un deseo que una realidad.
Me comentaba un compañero que trabaja en el país vasco, que la única manera de subsistir sin conflictos entre los miembros de su comunidad, era solo hablar del tiempo y no opinar nada mas que de gastronomía, eso sí, sin entrar en controversia en temas como la supremacía de los gurullos sobre el marmitako.
La violencia ha logrado matar hasta el último reducto de la libertad, la opinión. Esto que nos parece extremo, es corriente en nuestra realidad y en nuestro entorno, pero de forma más sutil. Se castiga toda opinión, acto o circunstancia que no guste al poder, independientemente de la naturaleza de ese poder.
Se predica libertad, tolerancia, integración, pero solo para los propios, para los que coparticipan, los que son cómplices de su poder o tienen miedo a su fuerza. Al que discrepa, no asiente o se revela, se le ejerce la coacción necesaria. Y es que la libertad exige la justicia y si ella no es posible la paz. Esto, no implica ir contra el sistema, sino buscar su mejora. Estas reflexiones hay que hacerlas, no solo en clave institucional, sino que también en lo personal. ¿Nos sentimos libres?
Los etarras tienen el lenguaje de las bombas y de las pistolas, de la extorsión y del secuestro, es muy parecido al de los clanes mafiosos; la intimidación, es la primera fase, el chantaje la segunda y el asesinato la síntesis. Ciertamente es una metodología eficaz y ha dado sus frutos, pero no podemos aceptarla.
En la actualidad, el lenguaje de la violencia vive con nosotros, es tan usual que lo encontramos natural, incluso me atrevo a señalar que no podemos vivir sin el.
El lenguaje de la violencia surge del poder, ya sea físico, intelectual, político, económico o religioso, y lo es por la propia naturaleza y origen del mismo, el dominio y la conquista. No ocurre lo mismo con la autoridad, esta se manifiesta, no se impone, no necesita de la violencia para actuar y siempre busca la paz. La autoridad surge de la libertad; y los ciudadanos son los que la reconocen, la identifican y la aceptan.
Hoy, padecemos de mucho poder y poca autoridad, por eso las cosas funcionan como funcionan y la libertad se convierte en un don precario, en una aspiración; le pasa como al concepto de desarrollo sostenible, es más un deseo que una realidad.
Me comentaba un compañero que trabaja en el país vasco, que la única manera de subsistir sin conflictos entre los miembros de su comunidad, era solo hablar del tiempo y no opinar nada mas que de gastronomía, eso sí, sin entrar en controversia en temas como la supremacía de los gurullos sobre el marmitako.
La violencia ha logrado matar hasta el último reducto de la libertad, la opinión. Esto que nos parece extremo, es corriente en nuestra realidad y en nuestro entorno, pero de forma más sutil. Se castiga toda opinión, acto o circunstancia que no guste al poder, independientemente de la naturaleza de ese poder.
Se predica libertad, tolerancia, integración, pero solo para los propios, para los que coparticipan, los que son cómplices de su poder o tienen miedo a su fuerza. Al que discrepa, no asiente o se revela, se le ejerce la coacción necesaria. Y es que la libertad exige la justicia y si ella no es posible la paz. Esto, no implica ir contra el sistema, sino buscar su mejora. Estas reflexiones hay que hacerlas, no solo en clave institucional, sino que también en lo personal. ¿Nos sentimos libres?

