la corona de la reina

Nieta adoptiva

Silvia Segura | Actualizado 02.05.2009 - 01:00
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POR qué esperar a un festival en su memoria, a un partido homenaje, a la entrega de una insignia honorífica, a correr la cortinilla de terciopelo que esconde el nombre de una calle dedicada a su persona, a una humilde columna de agradecimiento a título póstumo. Prefiero que broten ahora los sentimientos, ahora que sus ojos pueden todavía leer o por lo menos el tímpano agota su licencia de escuchar de la voz de otro estas escuetas líneas de recuerdos vivos. Octogenarios de clase innata me abrieron de par en par las puertas de su Torre manchega.

Allí, entre plataneros ancestrales y álamos elevados a las alturas por troncos de madera blanca, han presado el caudal de sus vidas. Han experimentado la metamorfosis de la piel, el cambio del tacto suave y delicado de la juventud al elixir inefable de las arrugas. Me adoptaron sin procesos civiles ni papeles constitutivos. Prescindimos del certificado de idoneidad previo y la intervención preceptiva del Ministerio Fiscal.

Un abrazo y una sonrisa bastaron como fundamentos de derecho necesarios para dictar sentencia firme con valor de cosa juzgada. Sin más alegato que el cariño, me quisieron desde el principio y desde ese umbral yo empecé a adorarles. Me captó con su verborrea serena apta para oídos finos, con su inagotable intelecto amamantado en batallas helénicas y laureados emperadores romanos, con su talento congénito educado en la calma y un aplacado carácter curtido en la tempestad. Debió Nietzsche inspirarse en él cuando dijo aquello de que la sencillez y la naturalidad son el supremo y último fin de la cultura. Cuentan que es difícil de sorprender más aun de emocionar, si bien pueden cristalizar sus cansados ojos con el simple hecho de contemplar la estampa de su familia departiendo alrededor de una mesa. Orador clásico en fincas talaveranas trilladas por sus botas desgastadas con perpetuo afán de progreso.

La mira con ternura conocedor de su fragilidad, de la delicadeza de su cuerpo cual busto femenino de porcelana fina. Enfundada en cachemir azul grisáceo a juego con sus dilatadas pupilas, no pierde ni un ápice de la elegancia que en antaño paseaba por la ribera del valle medio del Tajo. Con nombre de santa abulense, su quebradiza voz convierte las ondas sonoras en vibraciones que estimulan las células nerviosas, pura espontaneidad de formas exquisitas. Por ley divina más pronto que tarde nos veremos privados de ellos, pero mientras llegue ese angustioso momento, seguimos disfrutando de paseos vespertinos, de conversaciones reflexivas o de simples miradas con palabras de mutismo, porque solo en buena compañía el silencio no es incómodo.