- El Almería
- Opinión
- La pájara asesina
La pájara asesina
NI FLORES
La pájara asesina
Pablo Martínez-Salanova Peralta / Pmartinez@elalmeria.es | Actualizado 14.05.2009 - 01:00PUEDE que estemos asistiendo al final de la temporada regular en muchas competiciones, pero a buen seguro que si la gente no puede parar de morderse las uñas o se le va la cabeza por las noches sin poder dormir de la ansiedad es porque, sí, amigos: ha vuelto el Giro.
Acabo de abrir la página de este diario que cubre esa información (no daba un duro porque existiese). Por curiosidad le he echado un vistazo a la clasificación general y, efectivamente, no me suena ni uno.
Atrás quedaron esos tiempos en los que, no sólo yo, sino que casi todo el mundo seguía el ciclismo. Para mí, el punto de inflexión estuvo en aquella mítica ascensión al Mortirolo.
Corría el año 94. Indurain venía de ganar las dos ediciones anteriores, y las tres últimas rondas galas. Era a todas luces el gran favorito. Entre sus grandes rivales, Gianni Bugno y Claudio Chiappucci. Ninguno contaba con una nueva generación que dio mucho que hablar en los años siguientes. Un tal Marco Pantani y dos rusos, Eugeni Berzin y Pavel Tonkov.
Allí, por primera vez, se vio que el ciclista navarro era humano y se le podía ganar. Pantani dio la primera muestra de lo que iba a ser, haciendo una ascensión memorable, imponiendo un ritmo letal que que pudo con la ambición de Berzin. Del grupo de veteranos, sólo Indurain se mantuvo firme, hasta que se convirtió, literalmente, en un muerto viviente sobre una bicicleta.
El poderío de Marco Pantani, doce kilómetros con un desnivel del 11%, Cacaito, la pájara de Induráin... todo aquello marcó el clímax de un ciclismo que para mí nunca ha vuelto a ser lo mismo. Si es que sólo escribiendo Gianni Bugno se me han puesto los pelos de punta.
Acabo de abrir la página de este diario que cubre esa información (no daba un duro porque existiese). Por curiosidad le he echado un vistazo a la clasificación general y, efectivamente, no me suena ni uno.
Atrás quedaron esos tiempos en los que, no sólo yo, sino que casi todo el mundo seguía el ciclismo. Para mí, el punto de inflexión estuvo en aquella mítica ascensión al Mortirolo.
Corría el año 94. Indurain venía de ganar las dos ediciones anteriores, y las tres últimas rondas galas. Era a todas luces el gran favorito. Entre sus grandes rivales, Gianni Bugno y Claudio Chiappucci. Ninguno contaba con una nueva generación que dio mucho que hablar en los años siguientes. Un tal Marco Pantani y dos rusos, Eugeni Berzin y Pavel Tonkov.
Allí, por primera vez, se vio que el ciclista navarro era humano y se le podía ganar. Pantani dio la primera muestra de lo que iba a ser, haciendo una ascensión memorable, imponiendo un ritmo letal que que pudo con la ambición de Berzin. Del grupo de veteranos, sólo Indurain se mantuvo firme, hasta que se convirtió, literalmente, en un muerto viviente sobre una bicicleta.
El poderío de Marco Pantani, doce kilómetros con un desnivel del 11%, Cacaito, la pájara de Induráin... todo aquello marcó el clímax de un ciclismo que para mí nunca ha vuelto a ser lo mismo. Si es que sólo escribiendo Gianni Bugno se me han puesto los pelos de punta.

