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Siempre firme como un 'poste'
Toreros para el recuerdo
Siempre firme como un 'poste'
Manuel Rodríguez 'Manolete' Huérfano a los seis años no tuvo unas manos influyentes que le ayudaran en su carrera, como otros hijos de toreros
Víctor Navarro | Actualizado 26.08.2009 - 01:00Por ser en todo extraordinario este gran torero, lo es hasta en que su nombre de pila, sus dos apellidos, su apodo y su profesión son idénticos a los de su padre. Ese se llamó Manuel Rodríguez Sánchez, el segundo apellido del hijo también lo es. Por ello será difícil que los aficionados que consulten la historia de la tauromaquia, puedan confundir al Manolete modesto de principios de s. XX, con este Manuel Rodríguez Manolete que lleva en sus manos el cetro del toreo.
El matador nació el 5 de julio de 1917, en la capital de al-Andalus y ciudad de los califas, Córdoba. Desde bien pequeño, ya sea por caprichos del destino o por la llamada de la sangre, quiso ser torero, pero el joven Manuel, huérfano de padre desde los seis años y sin haber sido aquel una figura, no tuvo, como otros hijos de toreros, unas manos influyentes que le guiaran mostrándole los duros caminos del aprendizaje. Aún peor, hubo de emprenderlo, no ya solo y sin ayuda, sino también contra sí mismo, contra su propia figura rígida y larguirucha, que se le asemejaba, según la 'guasa' andaluza, a un "poste de telégrafos".
Pero la vida tiene caminos inescrutables y misteriosos, y aquél poste cordobés consiguió escalar a los más altos pináculos del triunfo, precisamente por ser un poste, por hacer de poste ante los toros, por lidiar a todo lo que se le pusiera por delante con la quietud de un poste inerte.
Vistió por primera vez de luces en su Córdoba natal, en una nocturna sin pena ni gloria, prosiguió en su calvario particular, presentándose en dos novilladas en Madrid, donde el toreo del matador andaluz fue duramente atacado por los críticos de entonces, algunos llegaron a decir que "el hijo de Manolete no llegaría nunca a nada". Pero el continuó en su lucha particular, manteniéndose en la brecha, sobre todo en los años de la Guerra Civil, llegando a adquirir gran notoriedad por su extraño arte que desconcertaba pero a la vez entusiasmaba al respetable.
En 1939, apadrinado por Chicuelo y en presencia de Gitanillo de Triana, Manuel Rodríguez Manolote toma la alternativa en la plaza de Sevilla. En ese mismo año confirma en Madrid, ocurriendo un hecho insólito, el matador Marcial Lalanda confirmó al cordobés, y después, en el segundo, hizo lo propio con Juanito Belmonte. Desde ese momento se puede decir que Manolete participó en la revolución del toro, porque ha derrocado normas y tiempos. Ha invadido terrenos infranqueables y hasta varió la estética de torear.
El genio cordobés se convirtió en mito de la tauromaquia, en la plaza de toros de Linares, cuando un miura de nombre Isleño le asestó una cornada mortal, cuando éste entro a matar. Así quedó para los anales de la historia un nombre recordado por todos: MANOLETE.
El matador nació el 5 de julio de 1917, en la capital de al-Andalus y ciudad de los califas, Córdoba. Desde bien pequeño, ya sea por caprichos del destino o por la llamada de la sangre, quiso ser torero, pero el joven Manuel, huérfano de padre desde los seis años y sin haber sido aquel una figura, no tuvo, como otros hijos de toreros, unas manos influyentes que le guiaran mostrándole los duros caminos del aprendizaje. Aún peor, hubo de emprenderlo, no ya solo y sin ayuda, sino también contra sí mismo, contra su propia figura rígida y larguirucha, que se le asemejaba, según la 'guasa' andaluza, a un "poste de telégrafos".
Pero la vida tiene caminos inescrutables y misteriosos, y aquél poste cordobés consiguió escalar a los más altos pináculos del triunfo, precisamente por ser un poste, por hacer de poste ante los toros, por lidiar a todo lo que se le pusiera por delante con la quietud de un poste inerte.
Vistió por primera vez de luces en su Córdoba natal, en una nocturna sin pena ni gloria, prosiguió en su calvario particular, presentándose en dos novilladas en Madrid, donde el toreo del matador andaluz fue duramente atacado por los críticos de entonces, algunos llegaron a decir que "el hijo de Manolete no llegaría nunca a nada". Pero el continuó en su lucha particular, manteniéndose en la brecha, sobre todo en los años de la Guerra Civil, llegando a adquirir gran notoriedad por su extraño arte que desconcertaba pero a la vez entusiasmaba al respetable.
En 1939, apadrinado por Chicuelo y en presencia de Gitanillo de Triana, Manuel Rodríguez Manolote toma la alternativa en la plaza de Sevilla. En ese mismo año confirma en Madrid, ocurriendo un hecho insólito, el matador Marcial Lalanda confirmó al cordobés, y después, en el segundo, hizo lo propio con Juanito Belmonte. Desde ese momento se puede decir que Manolete participó en la revolución del toro, porque ha derrocado normas y tiempos. Ha invadido terrenos infranqueables y hasta varió la estética de torear.
El genio cordobés se convirtió en mito de la tauromaquia, en la plaza de toros de Linares, cuando un miura de nombre Isleño le asestó una cornada mortal, cuando éste entro a matar. Así quedó para los anales de la historia un nombre recordado por todos: MANOLETE.

