la esquina

Corbacho tiene un plan

| Actualizado 11.03.2010 - 01:00
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NO veo yo mucho motivo de escandalera en la confesión del ministro de Trabajo (o de Paro), Celestino Corbacho, de que él tiene un plan de pensiones privado y su recomendación de que todo el que pueda contrate el suyo.

Es poco más que una obviedad que un español de cierta edad piense en un futuro en el que sus ingresos sufrirán una merma notable por el simple hecho de jubilarse, y ello independientemente de que el sistema público de pensiones vigente se reforme o pueda seguir igual. Siempre cobrará menos como pensionista que mientras estuvo en activo, salvo que pertenezca al colectivo de los que se han quedado parados en los últimos años de su vida laboral.

Lo que dijo Corbacho es exactamente lo mismo que se han dicho antes -y han obrado en consecuencia- los más de diez millones de españoles que tienen suscritos planes de pensiones con las entidades del ramo, por un importe global cercano a los 84.000 millones de euros. Puede ser que duden de la viabilidad futura de las pensiones públicas, pero la mayoría lo habrán hecho por las mismas razones que el ministro: para complementar con los fondos contratados la insuficiencia de la pensión estatal que van a recibir. Será mayor, la insuficiencia, si no cambia la tendencia al envejecimiento de la población y al aumento de la esperanza de vida, y aún más si, en efecto, el sistema necesita ajustarse a la contención del gasto para seguir existiendo. Otros ahorran de distintas maneras o invierten en la Bolsa.

Lo que sí tiene un comentario es que haya sido Celestino Corbacho el autor de la confesión. Hace menos de mes y medio que él mismo defendía con uñas y dientes las virtudes del sistema de pensiones y atribuía las críticas del PP a que sus dirigentes y parte de sus militantes disponían de planes privados y por eso se desinteresaban de la suerte del público. Es impensable que el 31 de enero Corbacho no se acordara de su propio plan, después de tantos años de mantenerlo, y el 9 de marzo sí.

No es un problema que se residencie en la falta de memoria, sino en el tacticismo de un pensamiento moldeable a tenor de la coyuntura. Vale una cosa y la contraria, según sea el auditorio o la circunstancia. En enero se trataba de meterse con el PP rico e insolidario, y en marzo, de aconsejar a los españoles con sensatez. Lo mismo que hace que la socialdemocracia decadente defienda la enseñanza pública... para los demás, mientras lleva a sus retoños a los colegios privados más elitistas. Lo mismo que impele a José Montilla a multar a los comerciantes que no rotulen sus establecimientos en catalán, pero se lo enseña a sus hijos en dosis simbólicas. Ya saben: estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros.
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