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Un retrato mundano
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Un retrato mundano
Andrés García Ibáñez | Actualizado 11.03.2010 - 01:00INCORPORAR un sorolla a la colección de cualquier museo de arte es siempre un motivo de orgullo, prestigio y alborozo. Si además la obra es un retrato como el de Carmen Avial y Llorens, hablamos de un hecho de trascendencia. En primer lugar, por la enorme calidad e importancia de la pieza dentro del corpus retratístico del pintor, y en segundo -para nosotros- porque tiene relación con una parte fundamental de la historia del Almanzora, en buena medida inédita hasta hoy, al menos para el gran público. Muchos ciudadanos de esta comarca -en especial albojenses- se han encontrado, casi de repente, con la figura de Manuel Eguilior y Llaguno, conde de Albox.
El retrato de la condesa de Albox, pintado por Sorolla en 1905, es un encargo dentro de la órbita del gran retrato mundano de entresiglos, cultivado por los pintores naturalistas. El naturalismo fue en su época el estilo más valorado por la crítica oficial y el gran público; artistas como Repin, Sargent, Boldini, Menzel, Zorn o el propio Sorolla lideraron la escena mundial del arte, muy por encima del impresionismo, el postimpresionismo, el simbolismo, el art nouveau o las primeras vanguardias. El tiempo, no obstante, se encargaría de invertir estas valoraciones, y el desarrollo estético del siglo XX infravaloró -reiteradamente- los logros del naturalismo europeo, por considerarlo una opción conservadora, en línea con la tradición realista, tridimensional, del arte clásico occidental. Muy recientemente, inmersos ya en la más abierta y ecléctica esfera de la posmodernidad, surgen nuevos criterios de valoración que nos permiten juzgar las obras y los artistas del pasado con una objetividad más calmada o, por lo menos, con la estabilidad y la templanza que el tiempo transcurrido depara.
En este nuevo escenario, la figura de Sorolla empieza a ocupar el puesto que merecía en el contexto de la historia del arte y de su época. Entre todos los naturalistas, emerge la supremacía de su talento por su originalidad y temperamento, y por la audacia extrema de sus planteamientos, especialmente en su técnica de representación del natural, que conduce el realismo occidental a un auténtico "tour de force" insuperable; una ejecutoria arriesgada y complejísima -brutal en ocasiones- al servicio de una poética de la excitación. Emoción emanada de los goces del mirar que, instantáneamente, impregna la superficie del lienzo con una vehemencia fisiológica y temperamental, tan necesaria para el pintor como su misma respiración. "La pintura es como el coito", afirmó Sorolla en más de una ocasión. No cabe más radicalidad de planteamiento en un artista. Y no existe gran artista sin un planteamiento radical de su poética y de su vida.
El retrato de la condesa de Albox, pintado por Sorolla en 1905, es un encargo dentro de la órbita del gran retrato mundano de entresiglos, cultivado por los pintores naturalistas. El naturalismo fue en su época el estilo más valorado por la crítica oficial y el gran público; artistas como Repin, Sargent, Boldini, Menzel, Zorn o el propio Sorolla lideraron la escena mundial del arte, muy por encima del impresionismo, el postimpresionismo, el simbolismo, el art nouveau o las primeras vanguardias. El tiempo, no obstante, se encargaría de invertir estas valoraciones, y el desarrollo estético del siglo XX infravaloró -reiteradamente- los logros del naturalismo europeo, por considerarlo una opción conservadora, en línea con la tradición realista, tridimensional, del arte clásico occidental. Muy recientemente, inmersos ya en la más abierta y ecléctica esfera de la posmodernidad, surgen nuevos criterios de valoración que nos permiten juzgar las obras y los artistas del pasado con una objetividad más calmada o, por lo menos, con la estabilidad y la templanza que el tiempo transcurrido depara.
En este nuevo escenario, la figura de Sorolla empieza a ocupar el puesto que merecía en el contexto de la historia del arte y de su época. Entre todos los naturalistas, emerge la supremacía de su talento por su originalidad y temperamento, y por la audacia extrema de sus planteamientos, especialmente en su técnica de representación del natural, que conduce el realismo occidental a un auténtico "tour de force" insuperable; una ejecutoria arriesgada y complejísima -brutal en ocasiones- al servicio de una poética de la excitación. Emoción emanada de los goces del mirar que, instantáneamente, impregna la superficie del lienzo con una vehemencia fisiológica y temperamental, tan necesaria para el pintor como su misma respiración. "La pintura es como el coito", afirmó Sorolla en más de una ocasión. No cabe más radicalidad de planteamiento en un artista. Y no existe gran artista sin un planteamiento radical de su poética y de su vida.

