El patriarca del fútbol de los Vélez

  • José fue tesorero seis años del equipo de Vélez-Blanco y uno de los socios fundadores del Vélez-Rubio

Viajar por los pueblos de Almería es sumergirse en los confines de una provincia mora y cristiana. Al norte de nuestros límites geográficos, se encuentra un antiguo Marquesado majestuosamente custodiado por un castillo-palacio, que antaño perteneció a la familia de los Fajardo. Su belleza es tal, que parte del Patio de Honor se vendió a un coleccionista privado que se lo llevo, pieza por pieza desde el puerto de Cartagena, fuera de España.

Ese halo misterioso que envuelve las leyendas que se cuentan en los pueblos, es la misma con la que los velezanos hablan de un castillo que, en el siglo XVI, servía de residencia para el Marqués de los Vélez.

Los tiempos cambian, el reloj no se detiene. De las tierras que pertenecieron al linaje de los Fajardo, surgieron pueblos de la importancia de Vélez-Blanco, Vélez-Rubio, María o Chirivel.

Desligándonos un poco de la Historia de Almería y centrándonos en el deporte, en la Plaza de Vélez-Blanco se encuentra ubicado un bar-hostal llamado La Sociedad. José Victor Martínez Gallardo lo regenta desde hace 55 años y, desde que comenzó el negocio en 1953, sólo ha dejado de abrir en dos ocasiones.

José es un futbolero de la cabeza a los pies. Barcelonista confeso, anima todos los fines de semana al Almería con los vecinos de Vélez Rubio que se reunen en La Sociedad para seguir los partidos del conjunto rojiblancos. Pero además de sus equipos de Primera, José está íntimamente ligado al fútbol en la Comarca de los Vélez. "Soy el socio 48 del Vélez-Rubio; participé en la fundación del equipo. Además, durante ocho años también tuvimos un equipo en Vélez-Blanco con el que competimos en Segunda Regional y yo era el tesorero. Un par de temporadas nos clasificamos para la fase de ascenso, pero nunca conseguimos subir", destaca.

Sobrevivir en estas categorías era imposible. "Cobrábamos a veinte duros las entradas, mientras que los abonos los vendíamos a cinco mil pesetas. Teníamos que pagarles a los árbitros catorce mil pesetas; a los jugadores les dábamos dos mil quinientas; cuando iban a Viator o Balerma le entregábamos al delegado dinero para que comieran en algún bar de la carretera; a los futbolistas de Águilas y Lorca les pagábamos los taxis... Muchos gastos y teníamos que buscarnos la vida para obtener ingresos extras".

Así, el Vélez-Blanco comenzó a hacer rifas en los partidos que jugaban como locales. "Yo era el encargado de vender las papeletas durante los primeros cuarenta y cinco minutos de encuentro. Al descanso hacíamos la rifa que consistía en una cesta llena de embutidos de las matanzas, vino...", explica.

Los fines de semana de derbi contra el Vélez-Rubio, ambos pueblos se paralizaban. "Eran impresionantes. De hecho, el partido del debut nuestro fue contra ellos y empatamos. Hubo un año en el que hicimos 175.000 pesetas de taquilla. Al terminar el partido, como todos éramos amigos, nos fuimos los dos equipos a comer con los árbitro incluidos . Hice ocho asados de cordero y nos juntamos todos en mi local".

Anécdotas miles, pero José recuerda una con especial cariño. "Lo que es la vida. Resulta que uno de los jefes de mi hijo en Purchena era jugador de fútbol del equipo de aquel pueblo y jugó contra nosotros un partido".

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