Una buena gestora con mala imagen

  • Solbes se convirtió en defensor de la labor de Magdalena Álvarez al frente del Ministerio de Fomento

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A finales de los años 80, en plena ofensiva del guerrismo, el presidente de la Junta de Andalucía, José Rodríguez de la Borbolla, declaró: "Aguanto más que un buzo bajo el agua". Finalmente, no pudo más, salió a respirar y Alfonso Guerra le cortó la cabeza.

Pues Magdalena Álvarez se sumergió con la crisis que las obras del AVE provocaron en los trenes de Cercanías de Barcelona, fue reprobada por el Parlamento catalán y el Senado con los votos de los socios de sus hermanos del PSC, perdió las elecciones en la provincia de Málaga, rechazó continuar en el Gobierno en otro ministerio y sólo sacó la cabeza cuando el presidente del Gobierno la confirmó ayer como ministra Fomento.

Quienes conocen a esta malagueña con raíces gaditanas -nació en San Fernando- aseguran que se hubiera ahogado antes de asomar la cabeza, antes de dar su brazo a torcer. De eso saben bien Chaves y algunos de los consejeros más veteranos de la Junta, que padecieron su obstinación intelectual durante años: en el proceso de fusiones de las Cajas andaluzas y en algunas que otras iniciativas políticas.

A pesar de que su imagen pública continúa bajo mínimos, la mayoría le reconoce su capacidad como gestora y sus fuertes convicciones de izquierda. Ha sobrevivido en política porque los que saben de su competencia y de sus ideales han salido normalmente en su defensa.

En el Gobierno de Rodríguez Zapatero, por ejemplo, uno de sus mayores valedores ha sido ni más ni menos que el vicepresidente económico, Pedro Solbes, un hombre poco dado a la adulación.

El mismo Zapatero, cuando inicialmente cedió a las presiones de la Generalitat y del PSC para descabalgarla de Fomento, seguía manteniendo que el problema de Magdalena Álvarez era sólo de imagen, que su gestión en Fomento era impecable.

Peleada intelectualmente con las relaciones públicas, en la crisis de los Cercanías de Barcelona la cacería política contra ella la desató la franqueza hosca que usó en sus comparecencias públicas, que acabó convirtiéndose en chulería.

Sin embargo, cuando los problemas en el transporte público de la Ciudad Condal llegaron al Congreso de los Diputados, la desmesura con la que se emplearon algunos portavoces parlamentarios -especialmente los de ERC, ICV y el PP- justificó la defensa numantina que llevó a cabo.

Sin dejar de reconocer la gravedad de los problemas que sufrieron decenas de miles de ciudadanos, Magdalena Álvarez fue escogida como víctima propiciatoria para desgastar al Gobierno ante una doble cita electoral: unas elecciones legislativas y unos comicios andaluces. Resulta curioso ver que, al final, la gestión de la crisis no ha sido castigada en Cataluña y sí en la provincia de Málaga. Pero ahí quizás tenga ella mucha culpa por no haber entendido aún que las buenas obras en política se rentabilizan bajándose del coche oficial.

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