Dos paradojas atormentan más que una

CRECE la incertidumbre desde que Rajoy desveló que ya no quiere unir países como Garibaldi sino adaptarse a las corrientes moderadas que dominan la política nacional. Hay que caer bien en Cataluña y el País Vasco. Hay que lavarle la cara al partido.

Muchos compañeros habrán pensado lo mismo. Ser simpáticos. Renovarse. Incluso, por qué no, darle una palmadita al líder y jubilarlo hasta completar una verdadera depuración. El PP vive una doble paradoja. Quiere encontrar un Zapatero en sus propias filas -qué poco pesa el antagonismo cuando el votante muestra tan claramente sus preferencias por la opción vituperada- pero a la vez no se atreve a buscarlo por el empeño superviviente del patrón.

La más concienciada con el cambio, la más afectada por el reflejo pavloviano de las elecciones perdidas es Esperanza Aguirre, actualmente ni esperanzada ni aguerrida sino más bien atribulada. La mujer no sabe qué hacer. Su diario de cabecera presiona incansablemente para que se la juegue y lance el órdago. Pero su mente jerarquizada -requisito imprescindible para pertenecer al PP- digiere a duras penas la posibilidad de elevarle la voz al jefe. Los listos ya han tomado asiento en primera fila para aplaudir a Rajoy y prometerle amor eterno y sobre todo comisionados en el congreso de junio, así que lo normal es que la presidenta autonómica tema quedar en evidencia si salta a la palestra y obtiene un respaldo famélico que además destrozaría para siempre su relación con el dolido vencedor.

Decida lo que decida, que lo decida pronto. La imagen de un PP temeroso de sí mismo alarga ese aire depresivo que transmite desde el 9-M. Perder no es tan malo. Preséntense quienes lo deseen y aparquen de paso el tacticismo y la fobia al debate. Sería óptimo que Rajoy entendiera cuanto antes que se pasea desnudo por España, como el emperador del cuento de Andersen.

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