Antonio Serrano: Una vida dedicada al teatro

  • El director del teatro del Siglo de Oro nunca se le ha ocurrido ser actor, aunque es un gran estudioso

El sonido del reloj, con su monótono tic-tac, me abstrae cuando la luz mortecina del atardecer se cierne sobre la estancia. Un niño aparece delante de mí en una antigua fotografía, está en la puerta de la Horchatería-Cervecería El Norte; viste chaqueta y camisa blanca, corbata negra, pantalón oscuro y ranero, calcetines de lana y zapatos oscuros, mientras otros niños con perpleja mirada observan la escena del niño camarero y el fotógrafo. Me imagino entonces la vida en esos años, y sin darme cuenta, me hallo caminando por las empedradas calles del blanco caserío manchego de Torralba de Calatrava, la suelta de vaquillas, una banda de música y, tras ésta, a un niño pequeño que la sigue alegre y silencioso, embutido en sus sueños. El niño se llama Antonio y es el hijo de los maestros del pueblo, Antonio Serrano y Mercedes Agulló.

La infancia de Antonio fue como la de tantos niños que habitaron los pueblos de aquella España de posguerra. En su pueblo, Torralba de Calatrava, la entrañable infancia de color sepia, la escuela y las noches de invierno a calor de la lumbre y la palabra. Luego, viajaría hasta la casa de la abuela en Ciudad Real para hacerse bachiller.

En Madrid le espera la Facultad de Filosofía y Letras, donde decide estudiar Filología Románica de la mano de los últimos sabios de este país. En el Madrid de aquellos años compatibiliza sus estudios con el de dar clases de español para extranjeros y comienza a ir mucho al teatro. Su interés por la poesía le llevará hasta el aula del Ateneo, dirigida por José Hierro. Son tiempos para la lírica y así frecuenta los ambientes poéticos más relevantes, y escribe su poemario, Impura santidad, que fue finalista del I Premio Puente Cultural.

Finalizada la carrera, Antonio Serrano ejerce como profesor durante 4 años en la Universidad Laboral de Cheste (Valencia), después se trasladaría hasta Málaga, y, por último, recala en la Universidad Laboral de Almería en el 75. Desde entonces y durante 25 años ha sido el artífice de las Jornadas de Teatro del Siglo de Oro. A él y a su gran equipo humano (María Carrera, Javier Marchante, Josita Hernández, Olivia Navarro, Francisco Martínez, Elisa García y Antonio García Hernández) le debemos la recuperación del teatro clásico español.

Muchas son las razones de la pasión de Serrano por el teatro del Siglo de Oro. Entre otras, podría ser el haber nacido a 12 kilómetros de Almagro. Desde los 18 años comienza su peregrinación continuada a Almagro para ver Estudio 1. Otra de las razones podría ser que desde muy joven se acercó al lenguaje poético. Para Serrano el teatro es ese vehículo que nos hace conservar ése lenguaje de extraordinaria musicalidad y de sonidos tan distintos. Es evidente que al principio cuesta acostumbrarse a este lenguaje -señala-, pero una vez que el espectador se acerca a éste, se abre un universo absolutamente precioso.

Serrano es incapaz de subirse a un escenario, nunca se le ocurrió ser actor -confiesa- y en cuanto a su vocación como dramaturgo, dice haber iniciado muchos textos, pero todos inconclusos. Su labor investigadora está avalada por sus continuos estudios sobre el teatro del Siglo de Oro. En este sentido, es su intención recuperar a los dramaturgos andaluces.

A Serrano le enamoran las plazas de Almería (la Plaza Vieja), quizá olvidadas, pero sobrecogedoras si se visitan en el silencio de la noche. De los almerienses le atrae su sentido vitalista, ese no complicarse la vida, y tal vez este mismo rasgo sea el que reprueba.

El teatro ha sido y es su vida. Durante 25 años se ha entregado a él en Almería. No podemos olvidar que en España hay un patrimonio escrito extraordinario y creo, además, que hay un compromiso adquirido con el público de Almería y de la provincia, y aunque a veces he estado a punto de tirar la toalla -confiesa-, luego lo piensas y dices ¡merece la pena! A un 90% de las personas les encanta el teatro, pero no va al teatro, y la razón no es económica, sino de hábito, pues no se ha creado aún éste en el espectador.

En estos 25 años dedicado al teatro del Siglo de Oro ha habido de todo. El peor de todos, el año 1993, porque no hubo dinero ni subvención alguna para las Jornadas -las salvó el Centro Andaluz de Teatro y el Instituto de Estudios Almerienses, así como los conferenciantes y las compañías que actuaron de forma gratuita-; el mejor, tal vez la vuelta este año de Héctor Clotet, que ha puesto en escena el mismo espectáculo que trajo hace 24 años, Juglarías.

El sonido del reloj sigue con su monótono tic-tac, tic-tac. La tarde declina su luz y el eco de una voz lejana me susurra al oído: En estando la mar tan serena y el desierto alegre, como el oro reluciere aquesta villa de Almería en llegando las Jornadas de Teatro y en viniendo como vienen caravanas de cómicos, comediantes, actores, farándula toda a dar vida a nobles señores, monjes, mendigos, trajinantes, putas y mesoneros, a fe que del todo y la nada la culpa alguien tuviere, y aqueste, por decir verdad y agora, al nombre de Antonio de Serrano respondiere, pues que en siendo, 25 luengos años son ya los que aquesta villa gozare de aquestas y tan magnas Jornadas.

¡Ábrase el telón, y cúmplanse los sueños de vuesas mercedes! ¡Que comience el espectáculo!

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