Cincuenta años sin Juan Ramón

  • El poeta Juan Ramón Jiménez falleció en San Juan de Puerto Rico el 29 de mayo de 1958, murió llamando a su madre y pronunciado el nombre de Moguer, sumergido en la tristeza por la pérdida de Zenobia

Comentarios 9

Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando, /y se quedará mi huerto con su verde árbol /y con su pozo blanco.

Todas las tardes el cielo será azul y plácido,/ y tocarán, como esta tarde están tocando,/ las esquilas del campanario.

Se morirán los que me amaron/ y el pueblo se hará nuevo cada año;..."

El 29 de mayo de 1958 moría en Puerto Rico, a las cuatro y cincuenta y cinco de la madrugada, Juan Ramón Jiménez Mantecón. Cincuenta años después la presencia de del poeta queda viva, no sólo en homenaje y recuerdos pasajeros que volarán como las hojas de otoño. Su poesía está ahí, paciente a la lectura en el momento que se desee y en su Moguer, al que dijo que haría inmortal, se respira el mismo halo de belleza, el mismo espíritu andaluz que llevó a su obra.

Desde Puerto Rico llegaba la noticia de su muerte en la crónica de José Luis Castillo Puche. En ese 29 de mayo "ha dejado de ver las estrellas, las nubes, el azul, los pájaros y las rosas, el andaluz universal categórico Juan Ramón Jiménez, después de llamar insistente, patética y desoladamente a su madre. Su voz era recia y su acento como infantil".

El poeta ocupaba la habitación número 11, en el tercer piso de la Clínica Mimiya, perteneciente al doctor Suárez, hijo de españoles, hasta allí había sido trasladado desde el Sanatorio Psiquiátrico de Hato (Tejas), donde hacía diecinueve meses había perdido a su compañera Zenobia .

Fue un tiempo difícil para él esos últimos meses de vida, dice la crónica que a una de las personas que más manía le tenía era justamente la más obedecida y la que más echaba de menos, la buena enfermera señora de Guzmán. "Tan pronto la mandaba a paseo como no le dejaba irse. Constantemente venían hasta el lecho los médicos de turno, médicos amigos y tampoco a estos parecía quererlos recibir. Estaba decidido a morirse. No le importaba".

Sin embargo, cuando se sentía mal en seguida los llamaba y si se le objetaba acerca de estos contrasentidos, decía: "Con los médicos al lado uno se muere mejor"

Quería morirse pero no quedarse solo. Le llamaba quizás el aura de eternidad pero le amedrentaba el pasillo negro de la muerte.

El, que era todo azul, amarillo, verde, rosa, se encontraba ahora fuerte, casi rejuvenecido. Había engordado bastante y hasta la barba la tenía más cuidada y hermosa que nunca. "Daba gusto verlo con su pijama de florecillas y su bata azul de lunares".

No murió solo, ni en el espíritu lejos de Moguer, a la que invocaba insistentemente y que recorría de la mano de su sobrino Francisco Hernández-Pizón, que le acompañaba, con quien conversaba horas enteras evocando el ágil y sabroso Moguer, sus gentes, tipos del pueblo que ya ni existían. Incluso recordaba cuando era muchacho y jugaba al fútbol en una era.

Pocas horas entes de morir se le oía gritar delicadamente el nombre de Moguer. "Anoche, antes de entrar en la agonía pronunció tantas veces el sagrado nombre entre frases cortas y suspiros tremendos, que era como si el poeta hubiera vuelto a la niñez cándida y huérfana, cuando todavía no tenía ni sueño. Por largo rato tuvo sus profundos y bondadosos ojos clavados en las florecillas, verdes y rojas del techo y las paredes de su cuarto, humildad, con el balcón que daba a otra calle estrecha, una calle por la que los vecinos circulaban en pijama por el enervante calor reinante. Resultaba desconsoladora aquella voz que insistía: ¡Madre, madre, ven!... ¡Moguer!...

Su agonía fue natural, sencilla y la muerte fue dulce como una canción que se apaga. Se diría que se ha quedado tranquilo y sonriente, como el pasajero que espera al borde del río el paso de la barca. Cuando espiró estaba junto a él, además de su sobrino Francisco, su enfermera y el padre Benito Cabrera, párroco de la iglesia de San Jorge, que le dio la extremaunción; el cónsul general de España, Ernesto la Orden; el vicecónsul Carlos Fernández Espeso; y los doctores que le asistieron, así como el rector de la Universidad de Puerto Rico, doctor Benítez.

Las últimas visitas que recibió Juan Ramón en este tiempo de viajeros españoles fueron las del infante don Juan de Borbón, Conde de Barcelona, y el alcalde de Madrid, conde de Mayalde.

La prensa de la época recogía entonces que Juan Ramón Jiménez se hallaba dispuesto a regresar a España el día 3 de junio de ese año junto con su sobrino Francisco Hernández-Pinzón Jiménez, "siendo tan firme su propósito que ya tenían en su poder los correspondientes billetes de viaje". La idea era que residiera en Sevilla junto a su hermana Ignacia Jiménez y varios sobrinos.

Aquí hubiera podido optar, según las exigencias de su estado físico, por la vida familiar por un grato retiro en la llamada Casa del Moro, en el barrio de Santa Cruz, de la que era propietario el escritor Joaquín Romero Murube, o por alojarse en una pequeña finca del término municipal de Los Palacios, también propiedad del citado escritor.

Pero ahora, en aquel 29 de mayo, Juan Ramón Jiménez entraba en la eternidad que le proporciona su poesía.

Las muestras de afecto y condolencia se hacían llegar desde todos lados, se sucedían homenaje póstumos. El rector de la Universidad de Puerto Rico, Jaime Benítez, manifestó en torno al Nobel moguereño que "vivió en íntimo contacto con nosotros por espacio de los últimos siete años, ha sido el más grande poeta español de los últimos tiempo y nuestra Facultad y nuestros estudiantes aprendieron y se inspiraron en él. Nos donó su biblioteca y siempre nos demostró su afecto y amistad". El gobernador de Puerto Rico Luis Muñoz Marín, en telegrama dirigido a su sobrino, decía que "Puerto Rico pierde con la muerte de Juan Ramón Jiménez a una persona amada y considerada como un compatriota. Su pérdida es para nosotros como la muerte de un hermano querido".

Moguer también entristecía en la distancia por la muerte de Juan Ramón Jiménez. La noticia se conocía por las emisoras de radio, "una sincera consideración general sacudió a todos los moguereños que sienten auténtica veneración por Juan Ramón". Inmediatamente se empezaron a recibir en la Casa Zenobia y Juan Ramón cablegramas y telegramas de pésame procedentes de España y de distintas partes del mundo. El recuerdo y el afecto por el poeta era patente por todos.

Etiquetas

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios