Fin del Grand Tour

Desde el Grand Tour renacentista al viajero romántico y atribulado, el viaje siempre ha sido una búsqueda del Otro, bien sea del vecino similar y encontradizo, bien del nativo exótico y feroz, que a la vuelta nos dibujaba una imagen más nítida, también más fatigosa y anodina, del suntuoso comfort de la metrópoli. Así pues, si en el XVI el Otro es una tribu pagana, una muchedumbre férvida y desnuda, a finales del XIX lo extraño es ese hombre que habita en nuestros sueños. Esto, por un lado, nos llevaría a comentar los hallazgos de Freud; pero de otra parte, y he aquí la cuestión de este Errabundia Express, nos lleva a la moderna inactualidad del viaje, pues lo buscado, lo ajeno, el verdadero continente en sombras, se halla en el corazón humano y sus repliegues.

Digo todo esto, a manera de glosa, para justificar y situar estas crónicas y ensayos de Javier González. No en vano, vienen acompañadas de un subtítulo esclarecedor y exacto: Dirección Sur. Un turista a las afueras de mí mismo. En Errabundia Express, el lector atento se va a encontrar con eso, con un turista melancólico y audaz, con un cronista descreído y severamente inmóvil, mas no con un viajero enérgico y sediento. ¿Cuántos pesares, cuántas fatigas y emboscadas, hubo de pasar el atildado Phileas Fogg de Jules Verne, para descubrir al cabo el exotismo y la impureza de Londres?

El autor de este Errabundia Express ha descubierto, como tantos, la cruda fantasmagoría del viaje, en contra de la épica de Hemingway o el erudito pasearse de Bruce Chatwin. Es la memoria o el recuerdo infantil de un amor o una playa, lo que aquí se elucida y se postula. También la memoria que otros tuvieron, forasteros o no, de esta tierra escondida al sur de Europa. Los Cien Mil Hijos de San Luis, al cruzar Despeñaperros, presentaron armas a su arboleda intacta. Las armas de Javier González, si alguna tuviera, son una prosa evocadora y una cierta amargura senequista: esto es, elegante, desposeída y sobria.

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