'Häxan', ductilidad de las imágenes del cine

Se suele unir, en un trazo no muy estable, esta joya que Benjamin Christensen terminara en 1922, tras años de documentación y cuidadoso (y caro rodaje), con el exploitation del falso o delirante documental que sacudió los sesenta (Mondo cane y similares), fechas en las que Häxan fuera recuperada como La brujería a través de los tiempos, con la voz guiadora de William Burroughs (versión que también se recoge en esta completa edición de Versus en 2 DVDs) y treinta minutos menos de metraje. Sin embargo, lo provechoso con Häxan hubiera sido ir hacia atrás, no hacia delante, pues el atrevido proceder del danés Christensen se encuentra más cerca de las fantasmagorías precinematográficas de un Robertson (quien, como tantos y tantos linternistas del pre-cine, se declaraba científico o prestidigitador según le conviniera al espectáculo) que de la inmoral y, a veces, divertida antropología à la Jacopetti.

Häxan fue fruto de la mente de un peculiar y cosmopolita aventurero que desembocó en el cine con la falta de prejuicios del pionero. El objetivo era discurrir en torno a la brujería como fenómeno histórico y psicológico, y Christensen optó por alcanzar esta meta a través de una tentativa multiforme propia de las formas ensayísticas: en Häxan convergen documentos (el registro de grabados y páginas de libros), animaciones (en dibujo e imagen real) y representaciones ficticias del pasado. Es ahí, en los distintos segmentos que repasan la suerte de las mujeres bajo distintos regímenes de opresión (la bruja medieval y la histérica moderna, como si Christensen tanteara un vínculo entre las torturas de la Inquisición y los experimentos llevados a cabo por Charcot en la Salpêtrière), donde el danés muestra su excelencia como cineasta de lo nocturno. Es lógico que Dreyer admirara en su compatriota -al que utilizó como actor en Michael (1924)- la poesía de sus imágenes, es decir, la imponente facilidad para la filmación en clave baja de atmósferas viciadas y oscuras, así como lo pregnante de su iconografía fantástica (ese diablo grosero y burlón que molesta a frailes y a señoritas en duermevela, y que interpretata el propio Christensen). Diez años después, en su Vampyr, Dreyer compartirá este expresionismo habitado por siluetas amenazantes. Además de nacionalidad y gusto por las formas estilizadas, Christensen y Dreyer compartieron la crueldad de los maestros: el uso de los rostros temerosos de las viejecitas que aparecen tanto en Häxan como en Diesirae nos informan de la temeraria voluntad artística de quienes sacaron gran partido a la insensibilidad del tomavistas.

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