Isabel Preysler, el rastro de otro tiempo

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Lo del título de la sección es una simple coincidencia con el sobrenombre con que despectivamente fue conocida nuestra protagonista durante unos lustros. Isabel Preysler era La China cuando los ultramarinos de España estaban atendidos todavía por montañeses o gallegos y los orientales eran infrecuentes por nuestros vericuetos. En aquellos años Paquirrín subía al escenario a balbucear con su mamá, Ana Obregón apenas estaba operadita y los bombones Ferrero no se conocían porque llegaban contados desde la aduana, sólo entreabierta a Europa. En aquellos lejanos tiempos de mediados de los 80 Isabel Preysler era de sobra la reina de las portadas y era tildada por muchos como una calculadora mujer que sabía utilizar la falda.

Las críticas desdeñosas fueron injustas con una señora que sabía arrimarse a maridos con futuro o, al menos, con pasta y arquitectos solícitos. Durante mucho tiempo Isabel Preysler fue el arquetipo en la concepción popular sobre lo que era una mujer casquivana. Pero el tiempo desbordó a ambos.

Hace veinte años se había casado tres veces, una barbaridad entonces, pero mantiene su matrimonio con el ex ministro Miguel Boyer, cuando los pronósticos vaticinaban una ruptura prematura. Isabel Preysler, más joven en el siglo XXI que en el XX, milagros de las suturas sabias, es una abuela de muy buen ver, modelo de la escuela de photocall de sus vástagos e imagen certera de una firma cerámica y de una prestigiosa joyería. Su glamour no es de este mundo, es de otro tiempo.

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