John Lennon en claroscuro

  • Se publica una minuciosa biografía del 'beatle', desautorizada a última hora por Yoko Ono, que la consideró "mezquina" · El libro retrata a una persona insegura y con almas irreconciliables de "monje" y "pulga de circo"

Por donde él pasó quedó un hondo surco que dividió la música popular: antes de los Beatles, después de los Beatles. Más tarde, su muerte a los 40 años, asesinado a las puertas del Edificio Dakota de Nueva York, lo convirtió en un mito, es decir, en algo más cercano a una idea, a una imagen fija, que a la persona titubeante y contradictoria que fue. A ésta se acerca Philip Norman en las casi 800 páginas de John Lennon (Anagrama), tratando de separar la máscara amable, la que se desliza inevitablemente hacia los tópicos, de uno de los rostros más conocidos del siglo XX.

El satírico, el memorialista, el poeta, el creador de consignas, el místico oracular, el compositor de Imagine, himno-confitura por antonomasia, pero también el hombre confuso, el barriobajero agresivo, el hombre vitriólico y cruel, todos ellos aparecen en una biografía que se quiere definitiva y que Yoko Ono, la habitualmente odiada viuda de Lennon, despreció por "mezquina". Enfado que no se entiende, pues se trata de una obra donde late en todo momento la devoción por un músico que aprovechó la a veces engañosa sencillez del pop para articular emociones más complejas, canciones como Help! y Lucy in the Sky with Diamonds, "las dos únicas auténticas" que Lennon consideró haber escrito, o la descarnada introspección del primer álbum de la Plastic Ono Band.

Escrito en un orden cronológico que raras veces se rompe, el libro comienza con un paisaje desolador de la Inglaterra donde nació Lennon, un hijo no deseado que vino al mundo durante un feroz ataque nocturno de los nazis en Liverpool, ciudad especialmente castigada durante la guerra. En ese país de carne y mantequilla racionadas en cantidades miserables, de sabañones y cráteres de bombas creció un niño educado por una tía dickensiana -maneras bruscas, corazón de oro- y que desde el principio, según recordaría años más tarde, sintió que una parte de él era "un monje" y otra, "una pulga de circo".

El Lennon que asoma en estas páginas estuvo siembre abocado a esta tensión. Al frente de los Beatles -donde él ponía el "jugo de limón" y McCartney el "aceite de oliva virgen" en definición del productor George Martin- no tardó en sentir que el éxito masivo lo había aupado a un trono ambiguo. "Nuestros conciertos ya no tienen nada que ver con la música. No son más que putos ritos tribales. Podríamos mandar nuestras figuras de cera y las masas quedarían satisfechas", dijo en una ocasión. Pero esas masas le permitieron vivir "como un César", y "¿quién va a meterse contigo cuando hay un millón de libras por ganar?".

Vivió la popularidad con estupor y vanidad, convencido de que su trabajo era mejor que la admiración ciega con la que era invariablemente recibido. A principios de 1965, tras la publicación de Beatles for Sale, Lennon comenzó a sentir "otro tipo completamente nuevo y extraño de frustración". Era incapaz de comprender que cada canción nueva que hiciera la esperasen los fans "con tanta avidez y sin embargo la escuchasen con tan poca atención", que sus temas menos predecibles fueran recibidos "con los mismos chillidos de éxtasis indiscriminado", y que sus pensamientos más sombríos quedasen "transfigurados por la joie devivre colectiva" del grupo.

Y es que ni siquiera él supo evitar la vieja trampa de querer ser otro. Fan de Lewis Carroll, devoto de Guillermo Brown, aplicado estudiante de arte y esporádico imitador de Picasso, Lennon hubiera preferido -según confesión propia- ser un monty python antes que un beatle y desde luego tener mucho más reconocimiento intelectual. "Tengo una mente que escribe libros y otra que saca cosas del tipo te quiero, me quieres como salchichas", lamentó una vez.

Minuciosa, en algunos pasajes de manera asombrosa, la biografía escarba en la relación de Lennon con los otros beatles, pero no es ésta la parte más novedosa del libro. Tenía predilección por Ringo,quería también a George; con Paul formó una sociedad más intelectual, "sobre todo profesional". Con Brian Epstein, el gentleman encargado de convertirlos en "algo más grande que Elvis", afilaba el sarcasmo, hacía bromitas hirientes a cuenta de su homosexualidad y su confesión judía.

En el libro, lleno de curiosidades, se detallan encuentros cruciales, con Bob Dylan por ejemplo, y patéticos y sentimentales, como cuando Elvis recibió a los Beatles en Graceland. El pasaje es interesante por el retrato que ofrece de Presley, quien tachaba de "banda de maricones" a aquellos ingleses a los que recibió por estricto sentido del deber jerárquico. Para entonces, 1964, era un cantante pasado de moda y emitía ya señales de ídolo grotesco y paleto sureño.

Yoko Ono aparece en la página 455. Buena cosa, se supone, para su legión de odiadores, que de todos modos no encontrarán aquí a su mujer taimada con excelente opinión de sí misma. Ni tampoco a la instigadora de la separación de los Beatles. Es cierto que el resto del grupo la recibió con gran recelo, incluso con hostilidad, entre otros motivos porque les intimidaban sus modos aristocráticos y su jerga vanguardista. Pero fue angustia lo que sintió cuando supo que la formación se disolvía. "Dios mío, esos tres chicos son los que lo han estado entreteniendo tanto tiempo. Ahora tendré que ser yo la que lleve esa carga", fue su primera reacción.

Según Norman, Lennon había dejado de creer en el grupo mucho antes. Esa máquina monstruosa de hacer dinero, le parecía, funcionaba por inercia y era una estafa para todos. En Yoko Ono vio el espejo de unas inquietudes que lo asediaban y no tenían cabida en los Beatles, vio a la compañera perfecta para iniciar su particular camino a Damasco. Es una de las partes más interesantes del libro: la edad de oro del rock masivo, de los estadios como catedrales y la música como espectáculo no-va-más, lo encontró atendiendo a su llamada interior, depurando sus ideas en proyectos cada vez más radicales y minoritarios, por ejemplo cortometrajes para galerías de arte donde se veían erecciones suyas ralentizadas durante 20 minutos. Fue, en palabras de su hijo Sean, como "cuando Matisse dio la espalda a la pintura".

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