Julio Alfredo Egea, el poeta y escritor de los asombros

  • Su mirada de niño tuvo que soportar el dolor de una guerra, el miedo y sus silencios. En Granada viviría los años estudiantiles en la facultad de Derecho

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He dispuesto todo lo necesario para el viaje, para este extraordinario viaje en el tiempo. Es domingo y las campanas de la iglesia repican en su último aviso para la misa. Los campesinos se arremolinan en la plaza o pasean por el parque, sin prisas. Es febrero en tierras de Córdoba, y, sin embargo, la carretera me lleva hasta tierras de Almería, hacia su parte más septentrional, a las inmediaciones de la Sierra de las Estancias, donde un pueblecito pequeño, limpio y enjalbegado recibe al visitante con la hospitalidad que le caracteriza. El pueblo responde al nombre de Chirivel, desde siempre posada para el caminante, lugar de paso en la antigua calzada romana que conectaba Cástulo con Cartago Nova. Chirivel, El Xirevel o Venta del Marqués, que también se le llamara; el Chirivel de la luz y el trino de los pájaros, del blanco nieve y el verdor de las encinas, tomillos y romeros, de los pinos y almendros, de la Sabina; el Chirivel de las aves perdices, de los buitres, águilas y azores. Chirivel, alumbramiento y cuna de los sueños del hombre y del poeta Julio Alfredo Egea, del poeta que escribe, en las frías noches de invierno, encendidos versos a la madre tierra: Chirivel, mi pueblo, Nombre / misterioso el de mi pueblo / ¿qué significa? Dijeron amigos / eruditos-imaginativos: "bello / encinar, valle de la seda"... Un / obispo que vino a confirmar, / arrimando el ascua a su / sardina, dijo que significaba / "beso de Dios". Y Juana de / Ibarbourou, la poetisa / americana, para no darle más / vueltas al asunto, me aseguró / que Chirivel era, / indudablemente, el nombre de / un pájaro exótico, soñado / inexistente...

Egea es el poeta universal de Chirivel y a su encuentro viajo por tierras almerienses. Mientras llego, pienso en cómo le conocí, y aún no puedo creer que una simple carta del desconocido que era yo para él en aquellos años nos uniera para siempre en la poesía y en la amistad del fraterno abrazo, al que esperaba entregarme ya en su casa de Chirivel. Y es que Julio Alfredo fue poeta siempre, antes incluso de su nacimiento allá por agosto de 1926. Su mirada de niño tendría que soportar el dolor de una guerra, el miedo y sus silencios. Luego, en Granada viviría los años estudiantiles en la facultad de Derecho, aunque nunca ejerciera como abogado.

Julio Alfredo Egea, el hombre y el poeta, inseparablemente: Quiero ser de todo hombre / que me mire a los ojos… Quiero ser de ese niño / que nacerá en remotas / edades de la tierra… Quiero que mi palabra / vuele con la bandada / de los últimos pájaros… Enjoyada o desnuda / os lego mi palabra. El poeta que se consagra a la poesía y los movimientos literarios en Granada como cofundador, redactor jefe y editor de la revista Sendas en 1946 y en la que se publicó un homenaje al poeta Federico García Lorca, asesinado diez años antes. El hombre inquieto, que volverá a la naturaleza y el sosiego de su Chirivel natal, que será granjero y también Alcalde: Se perdió en los desvanes una vara de mando / que empuñaron los caciques; se perdieron más cosas: / la llave de la cárcel, los listines del miedo / las sospechas remotas y también los discursos / Temblaron en mis venas mil hombres sudorosos / Y di un bando diciendo: enterrad los candiles / sujetad entre todos la humildad de mi abrazo / Lo primero, es urgente, arreglemos las plazas / y que jueguen felices a la rueda los niños; / hagamos lavaderos, sujetemos el agua / alcemos su nivel a un canto de muchachas… Yo levanto mi mano temblorosa de versos / y no mando ni ordeno, quiero sólo en hogares / resolverme hecho brasa, hecho leña de encina. Soy alcalde de un pueblo con el nombre de pájaro / y me duele la sangre que ha pasado a la historia.

Como un nómada fue de un lado para otro: Madrid, Chirivel, Granada y Almería, buscándose así mismo, con el deseo ardiente de hallar la libertad de pensamiento y movimientos necesarios para ser feliz. Viajaría por medio mundo, pero siempre vendrían los regresos, los recuerdos de antaño en los ojos ancianos del abuelo, como un canto de homenaje: Volveré diariamente para besar los árboles / para no desprenderme del todo de tus brazos / para injertar mis labios en tu verdad florida / contagiando hermosura cuando bese a mis hijos… Me dejas, Caballero de los Altos Centenos / del Trigal Armonioso, de la Pobre Cebada / tu blasón nobiliario: tu cayado y tu manta / No renegaré nunca de la luz de tu estirpe… Ya nunca tus pupilas con perros y besanas/ tendrán la bien ganada estampa de las eras/ Eres de tierra, abuelo, de tierra ennoblecida / Beso la tierra, abuelo. Tú eres también España.

Juega entre sus manos con la luz de los días, y en la noche se entrega a las caricias y el fuego de su amor a Patricia: Tú llevas en los ojos la hermosura del mundo. / Cuando miras el campo es más verde la yerba / o más blanca la nieve o el jardín multiplica / en prodigio incesante ruiseñores y rosas. / Voy buscando tu paso de amor por la cocina, / entre olor a legumbres y a pan; te glorifica / el delantal, te asciende el temblor de la llama; / dice maternidades la música del agua.

Julio Alfredo Egea o la humana mirada del poeta a la vida y sus aristas; a los campos de amapolas de sangre y de luciérnagas; hombre y poeta fundidos en un alma, siempre certero en su discurso de espuma y olas; y amigo de sus amigos: La amistad son palomas que nos rizan el alma / con la gracia del vuelo, / que se levantan hacia el cielo y dejan / un universo de alas compartido / sin presagiar un paso sigiloso de sombras.

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