La Reina, no hay más que hablar

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Es un monumento a la fe, a la discreción y a la disciplina. Sobre sus delicadas espaldas recae el prestigio intacto de la institución que representa. Dicen todavía que en España no hay monárquicos, sino juancarlistas. Añadamos que sobre todo hay sofiístas. Y algún que otro antiletiziano.

A la Reina nadie le discute méritos ni papel. Si acaso algunos (todavía) cuestionan su lugar de procedencia. Vaya. Hace un par de días, en su tierra natal, doña Sofía aprovechó su reciente aniversario de boda (46 años) para confesar que se siente "cien por cien española". A cualquiera que llega se le acepta que sea del lugar al que le tiene más devoción. Eso dicen de los gaditanos adoptados, que nacen donde les da la gana. Pues la reina nació en Grecia, donde se fraguó su alma de reina, pero (¿alguien todavía lo pone en duda?) es española. Con su formación germánica, su acento áspero y su mirada de abuela curtida, Sofía es sólo "de Grecia" en el censo. Faltaría más.

Durante estos años hemos reído con ella y también ha llorado con nosotros. Se enamoró de Juanito y tuvo el valor y el coraje de venirse del plácido Egeo, con su familia reinante (aunque por poco tiempo), para trasladarse a la capital de una dictadura donde todo era incierto. Esa extraña pareja de Franco y Carmen Polo le bastaba como único apoyo para que la comedida princesa griega contribuyera a allanar el camino a su marido y se fajara contra todos los trompicones que se les puso a los pies y que fue superando con callada resolución. Con la firmeza en la trastienda y la jovialidad como relaciones públicas, a la Reina de los españoles hay que ponerla en un pedestal helénico.

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