Sylvia y compañía

  • Ariel publica las extraordinarias memorias de la librera y editora Sylvia Beach, figura del París de entreguerras

Había llegado a París en 1917, procedente de los Estados Unidos, y dos años después abrió una librería cuyo nombre ha quedado unido al de la más famosa novela del siglo XX, que no habría visto la luz sin su generoso y osado patrocinio. Sylvia Beach fue y será siempre la editora del Ulises (1922), ese libro endiablado que cambió el rumbo de la narrativa moderna y sigue provocando hoy el rubor, la admiración, la sorpresa y el abatimiento de sus lectores, publicado contra viento y marea por una obstinada treintañera que padeció al insoportable James Joyce con tenacidad y paciencia sobrehumanas.

Ahora se publican en España -aunque ya disponíamos de una edición bilingüe aparecida en las prensas de la Universidad de León- las extraordinarias memorias de quien fue llamada la santa patrona del experimentalismo, tituladas por la autora con el nombre de su mítica librería, que fue durante más de un cuarto de siglo el centro de la colonia de expatriados norteamericanos -la denominada Generación Perdida- y uno de los referentes culturales del París de entreguerras.

El arte y la literatura de aquellos años aurorales no se entienden sin la labor de una serie de mujeres fascinantes que actuaban como anfitrionas, editoras, traductoras, mecenas, intermediarias y embajadoras, en primer lugar de la pionera y también norteamericana Gertrude Stein, la madre delmodernismo. Apoyada por Adrienne Monnier, que regentaba el Hogar de los Amigos del Libro, el proyecto primero de Sylvia Beach fue abrir en Nueva York una suerte de franquicia dedicada a la literatura francesa, pero las dificultades materiales del proyecto hicieron que reorientara su iniciativa en sentido inverso, y de ese modo Shakespeare and Company inició su andadura como librería americana en París, al principio situada en la rue Dupuytren y luego en la vecina rue de l'Odéon, muy cerca del establecimiento de su gran amiga.

Las fotografías y los testimonios de los visitantes hablan de un lugar consagrado, ésa es la palabra, al culto de la literatura, con mobiliario antiguo comprado en el popular mercado de las pulgas y retratos de escritores -incluidos los contemporáneos, por los que Sylvia sentía especial interés- colgados de las paredes, como un sancta sanctorum de obligada visita por los años en los que aún la ciudad del Sena era la capital cultural del mundo.

Las memorias, luego de un breve preámbulo familiar, cubren el itinerario de la librera y editora desde su llegada a París hasta el cierre de Shakespeare and Company en 1941, a comienzos de la ocupación, poco después de que ella se negara a vender una edición del Finnegans Wake a un oficial alemán. Luego, tras la entrada de los aliados -Beach cuenta cómo fue el propio Hemingway, en fantochada muy del gusto del veleidoso hispanófilo, el que liberó el local de la librería, antes de hacer lo propio con el bar del Ritz-, pese a la insistencia de los amigos, el ya entonces legendario establecimiento nunca reabrió sus puertas, aunque ella permaneció en París hasta su muerte. Su labor fue excepcional, de ahí la admiración que le profesaron escritores como Gide o Valéry o Eliot o el mencionado hispanófilo. Pero lo de Joyce es caso aparte.

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