Ven, mira y escucha de lo que somos capaces

Idi i smotri. Ven y mira lo que pasó. Nueve años después de The ascent (1977), la última película de Larisa Shepitko, la mujer de Klimov, la gran cineasta que hizo volver ojos, de nuevo, al frente oriental de la Segunda Guerra Mundial tras demasiados años de opinión pública mirando a Normandía, llegaba este filme terrorífico y crudo. Fue, también, el último esfuerzo de Klimov, y en él se trataba de dar una idea de lo que fue el paso de las tropas nazis por Bielorrusia, la primera república soviética que cayó en manos de Hitler, cuando el invierno no estaba tan cerca: fueron más de seiscientas pequeñas aldeas las que fueron destruidas, y con ella caía la mayoría de sus habitantes, asesinados, quemados: primero los niños y las mujeres, para que la raza inferior estuviera más cerca de la extinción. Klimov y su coguionista Ales Adamovich -soldado que estuvoallí- apostarón por la condensación y la mostración, por generar el cortocircuito que impidiese el olvido. Klimov empezó por el niño Kravchenko, protagonista de la ficción, al que antes del comienzo del rodaje enfrentó, a solas, a las imágenes de la guerra: esos cadáveres en fusión con la materia o en increíble suspensión que los aliados encontraron al abrir los campos. Sobre estas huellas, sobre lo intratable, va una película que se separa los grados necesarios que evitan, de milagro, que apartemos la vista.

Klimov es directo, penetrante, pero también virtuoso, y en los movimientos de cámara y el tratamiento fotográfico se nota la filiación con otros grandes autores rusos (el Chukrai de The forty-first, o el Kalatozov de Cuando pasan las cigüeñas) que erizaron la plástica de sus filmes bélicos. De los clásicos soviéticos se separa, sin embargo, en el magnífico cuidado de la banda sonora, que bien nos separa del horror mediante técnicas de extrañamiento, bien nos sumerge en él al hacernos partícipe del maltrecho estado auditivo del joven Florya, al que una bomba deja medio sordo en el arranque de su odisea.

Es ahí donde Klimov quiere llegar, a que seamos uno con Florya sin olvidar que estamos ante un filme que también se dirige al pensamiento. En el privilegio de planos/contraplanos frontales donde los protagonistas miran, sonríen e incluso disparan al objetivo de la cámara sin romper la ilusión de la ficción, se nota la habilidad del cineasta para equilibrar expresión y contenido. Y así hasta el simbólico desenlace, donde emerge la clave: el frenético deshacerse de la Historia, el ir hacia atrás hasta dar con el bebe que sería Hitler, habla de la esperanza y la necesidad de asumir e incluso humanizar el pasado.

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