El cine se subleva

  • Los acontecimientos de Mayo del 68 sacaron el cine a las calles y lo pusieron al servicio del combate ideológico

Cuarenta años después, el Mayo del 68 se consume hoy en insustanciales debates televisivos y protagoniza amenos reportajes en suplementos dominicales. El acontecimiento nos llega como eco lejano y moda pasajera, como colección de tópicos y lemas sobre la utopía juvenil y su materialización en los alrededores de la Sorbona. La Historia convertida en espectáculo y efeméride para serigrafiar camisetas y reciclar cartelería.

Hay que buscar en otros frentes una verdadera mirada de reconstrucción y reflexión. El último número de la edición española de Cahiers du cinéma dedica un amplísimo dossier a analizar la relación del cine con la convulsión política y la estética de aquellos días. Un seminario -Con y contra el cine. En torno a mayo del 68- celebra en Las Reales Atarazanas de Sevilla (del 6 al 21 de este mes) la implicada mirada de urgencia de aquel cine combativo a las manifestaciones callejeras, la entrada de los estudiantes en las fábricas, las asambleas o las huelgas. Volver al lugar del crimen, rememorar desde el presente para rastrear los vestigios, las cenizas aún calientes, para repensar si aquella utopía sirvió realmente de algo.

Un filme visionario, La Chinoise (1967, Godard), preludia el orden, la forma y la estética de los acontecimientos. Aquella célula maoísta parisina con Jean-Pierre Léaud y Anne Wiazemsky leía consignas en voz alta ("hay que confrontar las ideas vagas con imágenes claras"; "una minoría en la línea revolucionaria correcta no es nunca una minoría") y frente a una cámara reflexiva y autonsciente. La sociedad del espectáculo de Débord, Brecht, Adorno, el viejo Marx o las experiencias situacionistas marcaban un sendero de referencias teóricas y desmitificaciones del arte y la cultura. En Cannes los cineastas se plantan y apagan los focos. Al bueno de Truffaut le llueven los golpes. A las puertas de la Cinemateca, el "affaire Langlois" levanta en armas a todos los ciné-fils amamantados en sus ciclos y retrospectivas. A André Malraux, Ministro de Cultura, le toca ahora hacer de malo de la película.

Se rememora el espíritu de la Revolución Francesa con la creación de los Estados Generales del Cine: tabula rasa no sólo con los modos del cine burgués, sino también con sus prácticas industriales e institucionales. Adiós al Centro Nacional de Cinematografía, a las salas convencionales, a los productores, a la censura, al comercio en definitiva. Bienvenida a la autofinanciación, al trabajo colectivo y anónimo (es el momento de los grupos: Dziga Vertov, Medvedkin, ARC...), al color rojo en la portada de los Cahiers amarillos: "el cine se subleva", pertenece al pueblo y debe ser producido y divulgado por sus trabajadores. El eco se expande rápido: Nueva York, Berlín, Río de Janeiro, Tokio, Delhi, México…

El documental como frente de urgencia testimonial y también como herramienta de acción y participación: Loin de Vietnam (1967, Marker, Varda, Resnais, Klein, Godard); los cinétracts (pequeños filmes anónimos destinados a suscitar debates y generar contrainformación), Le droit de la parole (1968, ARC); Grand soirs et petits matins (1968, W. Klein), Le fond de l'air est rouge (1977, Chris Marker), Mourir à 30 ans (1982, R. Goupil), Reprise (1996, Herve LeRoux)….

La ficción como espacio de pruebas y reajuste de la modernidad entendida como acto político: Godard (Sympathy for the devil, Week-end, Tout va bien); también como espacio para la memoria, el desencanto y la distancia: La maman et la putain (1973, J. Eustache); buena parte de la filmografía de Garrel, especialmente Les amants réguliers (2005); Milou en mayo (1990, Malle); Soñadores (2003, Bertolucci); Jonás, que cumplirá los 25 en el año 2000 (1976, Tanner); If… (1968, Anderson).

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