El disco maldito de Sabina

  • Hace 30 años, el de Úbeda publicó su primer disco, 'Inventario', un trabajo del que no quiere ni oír hablar gracias a canciones de cantautor 'llorón' como 'Romance de la gentil dama y el rústico pastor'

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De llegar este artículo a las manos de Joaquín Sabina, a buen seguro le prenderá fuego inmediatamente. Se cumplen 30 años de su primer disco, Inventario. Y no es una efeméride especialmente dichosa para el cantautor. Hace años, cuando viajaba por las carreteras para ofrecer un concierto y se paraba en una gasolinera, compraba todas las casetes que hubiera de Inventario para que la gente no llegara a escuchar un disco del que no quiere ni oír hablar.

Por aquel entonces, en 1978, tenía 29 años y acababa de cumplir el servicio militar en Palma de Mallorca. Era "un narigón sin rumbo" pero con cerca de cincuenta canciones compuestas durante el último año de su exilio en Londres, producto de un recurrente y cíclico desplome existencial. "La crisis del golfo es la mía", llegó a decir durante la guerra de Kuwait. Pero en ese momento, era más un cantautor 'llorón' al uso que el irreductible crápula que llegaría después.

La portada del disco era ya toda una declaración de intenciones. Con una barba con la que hubiera podido interpretar a San Pedro -o quizás a Judas Iscariote-, aparece fumando Celtas con un cenicero a rebosar de colillas, una litrona y una guitarra desparramada por el suelo. Un último detalle: Lucía, su mujer de entonces, con la espalda desnuda, dormitando en la cama.

Ya había apuntes de lo que después sería capaz de escribir. Pero también canciones como Romance de la gentil dama y el rústico pastor, con letras como "pastor que estás en el campo, de amores tan descuidado, escuchad una gentil dama, que por vos se ha desvelado". Lejos quedaba todavía la sublimación del arte 'sabinero' de Y sin embargo. También había cortes que hubiera podido firmar el mismísimo Labordeta, como Canción para las manos de un soldado: "El labrador de mi pueblo, lleva una azada en la mano, qué grandes tiene las manos, el labrador de mi pueblo, cavando de sol a sol, con lluvia, nieve o calor". ¿Dónde estaba el cantautor urbanita y verborreico? Exactamente en el tercer corte del disco, Tratado de impaciencia número 10: "No me abrumaste con preguntas, ni yo traté de impresionarte, contando tontas aventuras, falsas historias de viajes".

El disco fue presentado en la madrileña sala Vihuela y el precio de la entrada para el concierto fue de 150 pesetas, nada que ver con los 50 euros del ala que en la actualidad cuesta ver al cantante, ya con bombín. Con arreglos de Agustín Serrano y producción de Gustavo Ramudo, Sabina llegaría años después a arremeter contra el trabajo de sus por entonces amigos. "Los arreglos eran falsos, orquestales y baratos", dijo en una ocasión. Los aludidos también desearán que no se hable en demasía de Inventario. "Como yo no conocía la forma en la que se hacía un disco me dejé manipular y así salió lo que salió", continuaba en la misma entrevista.

Por aquel entonces, los cantautores patrios ya estaban en abierta crisis. Los trabajos de Serrat, Víctor Manuel o Luis Eduardo Aute habían pasado totalmente desapercibidos mientras triunfaban grupos como lo Bee Gees o los cantantes 'guapitos de cara' como Miguel Bosé o Pedro Marín. También el rock -carro al que Sabina se subiría avispadamente poco después con sus pantalones de cuero- empezaba a despegar con formaciones como Tequila, Ramoncín o Burning. Para completar el panorama, la movida madrileña, todavía en pañales, como los aún desconocidos Kaka de Luxe.

Y en esas aparece un cantautor desgreñado cantando al mayo de París en la canción 1968. "Aquel año mayo duró doce meses, tú y yo acabábamos de nacer, y un señor muy serio moría del disgusto, en la primera página del Abc". En principio, negros nubarrones se cernían sobre su futuro musical. Pero después se doctoró en saltos al vacío y, sobre todo, cruzó con sus festivaleros huesos la puerta de La Mandrágora, donde se unió a Javier Krahe y Alberto Pérez.

Si en aquel momento alguien le dice a Joaquín Sabina que el mismísimo Mario Benedetti encabezaría uno de sus poemas con un verso suyo -"pero dos no es igual que uno más uno"-, el de Úbeda lo hubiera mandado "al carajo" sin pestañear. Y sin dudarlo.

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