El paso alegre de la paz

  • Después de publicar su epistolario, Jordi Gracia da a conocer una biografía de Dionisio Ridruejo que reivindica la trayectoria del escritor y político soriano

Otra vez Ridruejo, pero es que Jordi Gracia no ceja en su empeño de divulgar la trayectoria ejemplar del político y poeta del Burgo de Osma. Al crítico catalán hay que reconocerle el mérito de haber devuelto actualidad a una figura semiolvidada que durante décadas fue el indiscutible referente moral de buena parte de la oposición antifranquista, en la que militó desde el medio siglo hasta su muerte en vísperas del final de la dictadura. Autor de ensayos como La resistencia silenciosa (2004) o Estado y cultura (2006), un excelente estudio sobre el "despertar de una conciencia crítica" durante las dos primeras décadas del régimen surgido de la guerra civil, Gracia ha recogido el epistolario del antiguo jerarca falangista en sendos volúmenes -Dionisio Ridruejo. Materiales para una biografía (2005) y El valor de la disidencia (2007)- que venían a ser un anticipo de esta Vida rescatada, en la que trabajaba desde hacía años y que finalmente ha tomado la forma de una biografía sin notas ni aparato académico, nacida de la admiración por el personaje y de la profunda familiaridad -que a estas alturas no necesita de demostraciones- con su vida y obra.

"Mi historia empieza cuando lo peor ha pasado ya". Ridruejo ha vuelto de la División Azul más decidido que nunca a luchar por hacer realidad su ideario fascista en el organigrama del nuevo Estado, que ha despojado al falangismo de su carga revolucionaria para convertirlo en una fachada decorativa. Esta primera disidencia, que le cuesta el exilio en Ronda, es sólo el origen de un proceso de maduración interior que le llevará a renunciar progresivamente a sus convicciones de juventud para luchar, al principio desde la lealtad hacia el régimen que había contribuido a fundar, más tarde en abierta oposición al mismo, por la democracia venidera. Es un proceso lento, que no le exige romper las relaciones con sus antiguos camaradas -amigos como Serrano Suñer o Pilar Primo de Rivera-, pero que poco a poco irá haciendo de él un verdadero renegado. Apoyado por un grupo de fieles -viejos compañeros de partido que evolucionaron en una dirección similar, aunque no tan expuesta y comprometida-, observado con desconfianza por casi todos, el antiguo Jefe Nacional de Propaganda será finalmente redimido -luego de haber confesado su culpa de manera reiterada- por una ejecutoria intachable que apenas tiene parangón en la adocenada España de la dictadura.

El libro de Gracia no es propiamente una biografía, o no lo es en el sentido convencional del término. Prescinde de la infancia de Ridruejo y de sus años de formación -que él mismo contó en Casi unas memorias-, no incluye documentos ni menciona fuentes, da por sabidos episodios relevantes y acompaña el relato de los hechos de valoraciones personales que inciden en su conocida devoción por el autor de Escrito en España. Es pues una aproximación partidaria, no por ello menos verdadera. Porque todo lo que se nos cuenta es cierto, y en cualquier caso resulta imposible no simpatizar con un hombre que dejó de lado no sólo las proclamas maximalistas, sino los beneficios derivados de su posición privilegiada para entregarse a una causa, la de la reconciliación nacional, tan incierta en aquellos años, que sólo le trajeron frustraciones y padecimientos. Ridruejo empeñó todas sus fuerzas en defender un proyecto que hoy parece de sentido común pero entonces, en los años duros del "contubernio de Munich" y aun después, apenas encontró apoyos, fuera de una minoría de militantes audaces. De hecho, el partido de la moderación nunca pasó de congregar a unas decenas de ilustres afiliados, conspiradores ajenos a la tentación revanchista.

Está también el escritor, el poeta mediano, el prosista esmerado, el gran memorialista. Y las vicisitudes personales, el romance secreto con Marichu de la Mora, el matrimonio con Gloria de Ros -ambos tradujeron a Pla-, las estrecheces económicas de las que no se libró nunca. Pero la vida de Ridruejo, aunque al final se volcara en la escritura, es la historia de una pasión política. Es sabido que murió unos meses antes que Franco, sin llegar a ver cumplido el sueño por el que tan generosamente había combatido. Luego, conforme a la afirmación premonitoria de su amigo Juan Benet, el cambio de régimen sería protagonizado por gentes de otra generación. Ridruejo fue un adelantado, por su talante liberal, por su voluntad conciliadora, por su comprensión de la singularidad catalana. En la famosa reunión de la preguerra que dio a la Falange su himno, el joven joseantoniano había aportado dos versos, "volverán banderas victoriosas / al paso alegre de la paz", pero años después comprendió que había que evitar el discurso de vencedores y vencidos, si se quería recuperar la verdadera unidad de España. Siempre lo guió el sentido del deber, una honestidad que resistió todas las pruebas. Por eso, mientras tantos se aplicaban al medro, Ridruejo supo conservar, como en la hermosa décima de Laín, "todo su honor indeleble". Una lección vigente, un rescate necesario.

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