El proceso Walker

  • Once años después de su anterior trabajo en estudio, Portishead esquiva las previsiones con un álbum monumental

Como tan atinadamente alcanzó a contar Stephen Kijak en Scott Walker: 30 Century Man, el proceso que puede llevar a un músico de éxito popular a explorar los límites del sonido alejándose de las convenciones no se desencadena de manera espontánea. Bien al contrario, la mecha que prende tan llamativa transformación está ahí, más o menos escondida, hasta que el elemento reactivo libera la energía necesaria.

Portishead no ha tenido que soportar las presiones comerciales que sí sufrió Walker antes de optar por emprender un viaje sin prisas al que no quiso invitar a nadie que no tuviera interés en acompañarlo, pero el peso de dos discos que por derecho propio figuran en puestos destacados de la historia de la música del siglo XX -Dummy (1994) y el homónimo Portishead (1997), ambos provocadores de una innegable fascinación- parece reactivo más que suficiente para forzar el proceso de scottwalkerización que revela Third.

Once años después de su último álbum -sin contar el directo PNYC (1998)-, huelga decir que de trip-hop aquí no queda ni rastro. Es más, se diría que la losa de aquella elástica etiqueta es otro de los factores que ha venido a frenar la elaboración de un nuevo trabajo de los de Bristol como a obligarlos a buscar una dirección nueva, distinta, a la hora de enfrentarse a él. Cualquier concesión, el menor desmayo por parte de Beth Gibbons, Geoff Barrow y Adrian Utley, hubiera colocado a Portishead no sólo ya por debajo de su leyenda, sino aún peor, por debajo de sus posibilidades.

Así que no cabía otra que esperar, distraerse con otros proyectos, aprender de éstos y volver a probar con Portishead sólo cuando el cuerpo lo pidiera. Si el resultado del tanteo no era satisfactorio, como ellos cuentan que ocurrió en varias ocasiones, el trabajo se aparcaba.

Esta huida hacia adelante deja ahora un disco que, ajeno a la pretensión de colmar las expectativas de los muchos seguidores de la formación, se concentra en crear algo imponente, inquietante y hermoso y en hacerlo sin repetirse, esquivando cualquier previsión. Esto es, se concentra, y se contenta, en colmar las expectativas del propio grupo y, si acaso, de los oyentes que estén en sintonía con el proceso.

¿Hace eso de éste un disco difícil, raro? Depende de para quién y en comparación con qué. Third apenas se permite tres pausas amables en su sobrecogedor continuo telúrico -Hunter, el único corte que de manera remota evoca el anterior estilo del trío; Deep Water, una dulcísima y austera miniatura de poco más de minuto y medio; y The Rip, otra caricia sobre la que va creciendo una trotona base rítmica con precioso fraseado de sintetizador-, el resto es intensidad revestida de desazón.

Las líneas melódicas vocales de Gibbons, por lo general, tienden a desintegrarse transformándose en conmovedoras modulaciones. Cualquier eco de estructura convencional se desvanece para atraparnos en unas formas gaseosas de misteriosa argamasa.

Difícilmente dejaremos de identificar en Third los recursos del artesano. Lo que queda al margen de cuantificación es esa emoción que Portishead vuelve a provocar.

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