El tránsito

Eduardo Jordá

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DESDE que hay una edición online de este periódico, todos los artículos de opinión pueden ser comentados por los lectores. Es una novedad interesante que hace sólo diez años nos habría parecido un descrédito o incluso una humillación para quien firma los artículos. Recuerdo que un escritor mayor me decía muy serio, hace unos quince años, que él no toleraría nunca que le rebatieran una opinión expresada en un periódico. Si al lector no le gustaba lo que él decía, que se comprara otro periódico, y en paz. En aquella época, el comentario al artículo de opinión no podía pasar del frenético golpetazo contra la mesa de un bar (yo he visto a un lector indignado haciendo eso), o la carcajada que sacudía un vagón de Metro (también lo he visto). Aunque estas reacciones no solían ser las más frecuentes. Como me gusta observar a los lectores de periódicos, he visto gestos de todo tipo: lectores que asentían, fruncían el ceño con rabia, acercaban la cara con interés, enarcaban las cejas con incredulidad o bostezaban de aburrimiento. Incluso he visto periódicos que servían para envolver bocadillos de sardinas o para limpiar cacas de perro. He visto de todo, y siempre me ha parecido bien. Al fin y al cabo, el lector es dueño de hacer lo que quiera con su periódico.

Por eso me gusta leer los comentarios que ahora pueden escribir los lectores en la edición digital. El futuro del periodismo está en internet, y en cierta forma las opiniones de los lectores forman una parte sustancial del artículo. Da igual cómo sean las opiniones, siempre que estén bien expresadas y que no sean los puñetazos contra la mesa que antes se veían en los casinos de pueblo. Si quien opina no es el perturbado que se pasa el día enganchado a internet (no sabemos si por prescripción médica o porque nadie sabe qué hacer con él), o el personaje furibundo que se sirve de cualquier excusa para gritar contra el político que odia, los comentarios sirven para hacerse una idea aproximada de eso que podríamos llamar el inconsciente colectivo de un país (o mejor dicho, de la pequeña parte del país que lee periódicos). Hay lectores que demuestran una sagacidad y un sentido común admirables, aunque hay otros que sólo quieren escuchar lo que ellos quieren, igual que suelen hacer los políticos.

Pero lo peor de todo es el día en que no aparece ningún comentario a un artículo mío, cosa que -me temo- sucede con excesiva frecuencia. Entonces me pregunto qué ha fallado. A veces, para que no cunda el desánimo, hago como aquel escritor que creía que sus artículos eran tan buenos que no admitían discusión, aunque enseguida caiga en la cuenta de que ésta no es la causa. ¿Cuál puede ser?, me pregunto. Y aquí sigo, esperando la respuesta.

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