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DE POCO UN TODO

Enrique García-Maíquez

Elogio de los viejos

HE de darme prisa en publicar este elogio. El tiempo pasa y no quiero que acabe pareciendo una defensa propia. Yo he sido partidario de los ancianos desde mi más tierna adolescencia. Leía en las revistas los reportajes sobre mis coetáneos, generación X y tal, miraba a mi abuelo, y me sentía más vinculado a mi estirpe que a mi promoción. Con los escritores me ocurre algo parecido.

De tanto admirarlos me han entrado unos vivos deseos de emulación. Entre mi estado actual y mis ilusiones hay un trecho tan largo que, teniendo en cuenta mi parsimonia, necesitaré un buen puñado de décadas para recorrerlo. Sobre el mejor método para llegar a viejo discrepan los expertos. El consejo de Jünger (ciento tres años) es considerarse joven todo el tiempo. Este sistema es cansado y requiere además dosis importantes de simulación. Azorín (noventa y cuatro años) proponía ser muy viejo desde muy pronto. Y mi preferido, Mario Quintana (sólo ochenta y ocho años, pero muy felices) practicaba una sana indiferencia: "Edades no hay más que dos: o se está vivo o se está muerto. En este último caso, la edad está de más, pues nos fue prometida la Eternidad".

El inconveniente de la sana indiferencia es que no es mutua. Nuestra sociedad adora la juventud en todos los órdenes, menos en el real, o sea, menos a los adolescentes, que son patosos y todavía no trabajan. Gusta la juventud de diseño, la que va de los treinta y pocos a los cuarenta y muchos. Zapatero la considera un mérito ministerial y Rajoy, menos a él mismo, se la exige a todos. Con un estado de opinión para el que los años son prácticamente una enfermedad degenerativa, la eutanasia, que asoma por el horizonte vestida de enfermera bondadosa, debería preocuparnos de veras a cuantos aspiramos a la longevidad.

No olvidemos tampoco las felices prejubilaciones. Ahora, cuando se disfruta de una magnífica calidad de vida hasta muy tarde, jubilan corriendo al personal experimentado. Yo, que sueño con una madurez jubilada y jubilosa, voy contra mi interés al denunciarlo, pero me temo que la economía no podrá soportar tanto despilfarro. La única explicación es que se trate de un truco de trilero. Rotan mucho los pocos puestos de trabajo que hay para que la escasez se note menos.

Peor que la economía es el déficit de felicidad. Lo explicaba el viejo Julián Marías. Si el ideal es la juventud, como nos encaminamos inexorablemente a la vejez a la vertiginosa velocidad de sesenta minutos por hora, la depresión resultará inevitable. Más optimista sería aspirar a la vejez como a la lograda culminación de una vida fecunda. Yo me apunto; a ver si llego.

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