Elecciones vascas La ausencia de testaferros de ETA en las urnas relanza las opciones del cambio

¿Mudanza en Ajuria Enea?

  • La hegemonía treinteañera del PNV está en el alambre en unos comicios abocados a la 'foto finish'

¿Quién dijo miedo? Quizá sea pánico lo que se masca en muchos batzokis o en centros de decisión vizcaínos, alaveses o guipuzcoanos ante la posibilidad de que el PNV sea hoy desatornillado del poder, una hipótesis que se pasea bajo el palio de los resultados de las últimas convocatorias electorales y el grueso de las encuestas.

Los socialistas amenazan con arruinar una intratable hegemonía durante los últimos treinta años que se ha demostrado incapaz de mejorar la convivencia y acabar con ETA, que no va a tener depositarios esta vez en las urnas. La ausencia de marcas de la organización terrorista deja sin voz a una parte de la sociedad vasca, cierto, pero también llena de alivio al grueso del resto, sobre todo a la legión de amenazados que sufren un hostigamiento diario y que son tachados de "fascistas represores" si se permiten el lujo de toserle al monstruo, como ese buen hombre que ha tenido que irse de su pueblo tras desahogarse a golpe de maza contra los pinchaúvas de la herriko taberna que se mofaron con desafección de que ETA le destrozara la casa en la única irrupción de la organización terrorista en la campaña electoral, amén de su petición del voto nulo y de diversas erupciones de la kale borroka.

El abanico de variables aritméticas para sumar mayorías parece condenado a la foto finish, con la alianza PNV-PSE como genuino binomio ganador aunque, ojo, el orden de los factores altera el producto, pues el más votado llevará la batuta en busca de socios -coyunturales o estables- para formar Gobierno. Si Ibarretxe se lleva la palma, pocos dudan de que López le reflotará hasta la mayoría absoluta, más que nada por la cuenta que le trae a Zapatero, muy necesitado de apoyos en el Congreso para que la producción legislativa no decaiga. Pero si el más laureado es Patxi López, los socialistas podrán caer en la irresistible tentación de apoyarse en el PP para gozar de la mayoría absoluta. Un placer del que no quieren hablar en voz alta los socialistas, pues bien saben que no les conviene aparecer virtualmente del brazo de los populares antes de que suene la orquesta del poder, resabiados tras el fiasco de ese rimbombante frente Redondo Terreros-Mayor Oreja que reactivó el voto nacionalista en 2001.

Es tal la psicosis ante la panoplia de pactos que se dibujan en lontananza que mientras Basagoiti (PP) reclamaba a López que certificara ante notario que no gobernará bajo concepto alguno con el PNV, Madrazo (EB) le exigía al candidato socialista un compromiso de que no aceptará los votos del PP para ser lehendakari. De locos.

¿Y qué hay de la campaña electoral? Aburrida, huérfana de propuestas no ya revolucionarias sino siquiera efectistas, nublada por esa bomba de relojería que activó Garzón a mayor gloria de no se sabe quién, pues torpedear al PP implica hundir la opción autonomista. Los mensajes de los principales candidatos se rindieron a la crisis. Ibarretxe prometió "darlo todo" para que las decisiones se sigan tomando en Vitoria y no en Madrid, López garantizó autonomía plena respecto a Ferraz y Basagoiti se aplicó en erigirse en motor del "verdadero cambio" y de ese camión de la mudanza camino del Palacio de Ajuria Enea, que nada es eterno, ni el PNV.

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