Vasquismo sin excesos

Su padre, el histórico líder sindicalista Eduardo López Albizu, Lalo, le inculcó los valores del socialismo y se embriagó desde niño con el aroma de la clandestinidad, viendo pulular a figuras emergentes como Felipe González, Manuel Chaves o Txiki Benegas por su domicilio de Coscojales, en la Parte Vieja de Portugalete, en el corazón de la Margen Izquierda de Bilbao. Patxi López (4-X-1959) tiene a gala su origen humilde -uno de sus abuelos fue portero de cine, otro marinero, otra cocinera...- y clavada la espina de que no pudo hacer la comunión como sus demás amigos porque sus padres estaban desterrados -él en Huerval Overa (Almería) y ella en Cáceres por dar la cara contra el franquismo.

De casta le viene a un galgo que iba para ingeniero pero se quedó en político. Se afilió con 16 años al partido y sucedió a Nicolás Redondo Terreros en marzo de 2002, pese a que no encandilaba aún a Zapatero. Ahora sí, y Patxi ya no debe recurrir a las cuentas de la lechera. Las encuestas más fiables (Euskobarómetro, CIS) le sonríen y titilan una mayoría absoluta aunando fuerzas con el PP, un asunto del que López ha huido como alma que lleva el diablo durante la campaña electoral.

Como buen tímido, igual que la mayoría de los vascos -mucho es decir poco-, se muestra reservado para casi todo y sus planes poselectorales no iban a ser una excepción, aunque el de Portugalete ya ha dejado claro que descarta de plano coaligarse con el PP, al que acusa de restar en vez de sumar y de limitarse a poner sobre la mesa "antinacionalismo o antisocialismo". Por lo pronto, durante esta campaña electoral ha asegurado que, aunque el PP le prestara sus votos para ser investido como lehendakari, no tendría bajo ningún concepto entre sus consejeros al candidato popular, Antonio Basagoiti, que ni corto ni perezoso ya le ha exigido no una sino tres carteras.

Gran aficionado a la fotografía y a la música , su pasión más estética no tiene rival: su esposa, Begoña, que le suele acompañar en sus mítines. Como Michelle a Barack Obama. La victoria del presidente de EEUU le emocionó y le dio alas porque demostró, según relató el propio López en su blog, que "en la política no hay nada inalterable".

Ni siquiera ETA. El proceso de paz, en el que asumió un papel muy activo y que acabó con la dolorosa estampa de verse en el banquillo del Tribunal Superior de Justicia vasco con Ibarretxe y otros dirigentes socialistas por sus reuniones con Batasuna, una causa finalmente archivada en enero, flaco favor le hizo al candidato socialista.

El vasquismo autonomista sin excesos es su seña de identidad y proclama que quiere "hacer país" y reformar el Estatuto de Guernica. Sin miedo a los tabúes, apuesta por "un referéndum con todas las consecuencias", pero dentro de la legalidad, fruto del acuerdo entre vascos y ratificado por las Cortes, nada que ver con las consultas que propone el PNV. Asegura que no aceptará intromisiones de Ferraz, aunque bien sabido es que el Comité Federal del PSOE tendrá la última palabra sobre cualquier pacto que trate de suscribir a partir de mañana. Las quinielas rozan la unanimidad con la reedición de ese maridaje con el PNV que echó los dientes en 1986, después de que Txiki Benegas fuera el candidato más votado y cediera el trono a José Antonio Ardanza. Un tándem, el de socialistas y nacionalistas, que muchos vislumbran y que, según López, sólo sería factible si él fuera lehendakari, pues no será, proclama, la "muleta" de Ibarretxe.

El apoyo del PNV es vital para Zapatero en el Congreso y López está hipotecado por esa dependencia, aunque la convivencia no sería fácil a tenor del escaso aprecio de López a la labor del lehendakari, al que acusa de "enfrentar a unos vascos con otros e imponer una patria excluyente en la que sobraba la mitad de la sociedad vasca". No obstante, los socialistas vascos han apoyado en los últimos cuatro años los presupuestos del tripartito de Vitoria, así que algo tendrá el agua cuando la bendicen y no es descabellado imaginarse mañana a los dos del brazo.

López aboga por "recuperar el pacto entre diferentes" y quién sabe si volverá a embarcarse en esa travesía imposible de la pacificación. El caso es que la nómina de lehendakaris -Aguirre, Leizaola, Garaicoechea, Ardanza e Ibarretxe- la puede completar un tal López, que quiere seguir la estela de Obama, que puso negro sobre blanco que nada es imposible ni eterno.

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