OPINIÓN. AUTOPISTA 61

"¡Espere, espere!"

Veo a una madre corriendo por la calle hacia una parada de autobús. El autobús está a punto de irse, pero la madre corre con una niña en brazos, y lleva a su lado a su hijo mayor, de unos siete años, al que tiene que coger la mano para cruzar una calle que se interpone en su camino. Llueve, y es un día laborable, y tanto la madre como el hijo llevan paraguas. Y a pesar de todo, con el paraguas y la hija en brazos y el niño en la mano, la madre aún tiene fuerzas –o destreza acrobática– para gritar y hacerle señas al conductor del autobús: “¡Espere, espere!”. Y lo mejor de todo, lo más incomprensible, lo más desconcertante, es que la madre que lleva un paraguas y una niña en brazos y un niño de la mano, y que encima grita y le hace señas a un autobús que está a punto de partir, no ha dejado de reír desde que la he visto salir de un ambulatorio con la niña en brazos.

La parada del autobús está a unos cincuenta metros del ambulatorio, y el autobús está a punto de irse, pero la madre debe de tener prisa –¿qué madre no tiene prisa?–, porque no se da por vencida y sigue corriendo sobre los adoquines resbaladizos que en cualquier momento pueden hacerla caer. Y como la madre se ríe mientras corre simulando que todo es un juego, la niña que va en brazos también se ríe, y también se ríe el hijo mayor cuando se pone a enarbolar el paraguas en el aire para ayudar a su madre a detener el autobús.

Imagino que los tres se han levantado a las siete de la mañana, o incluso antes, para llevar a la niña al ambulatorio, y que no viven cerca de allí sino a una distancia de cinco o seis paradas de autobús, y tienen prisa porque no hay una sola madre en el mundo que no tenga prisa, pero los veo correr con tanta alegría por la calle mojada que me pregunto de que material está hecha la madre, quien casi con toda probabilidad no ha dormido durante la noche y ha tenido que llamar al trabajo para pedir que la sustituyan y al día siguiente tendrá que hacer un turno doble para recuperar la mañana perdida. ¿De qué está hecha? ¿Titanio? ¿Platino iridiado? ¿Plutonio enriquecido? Quizá de una aleación de las tres cosas.

El autobús arranca, y la madre y su hijo no han llegado aún a la parada, pero no desisten, y corren más, y gritan “¡Espere, espere!”. Y de pronto el autobús se para, y se abre la puerta, y sube el niño, y luego sube la madre con la niña en brazos y el paraguas prensil y el bonobús en la boca. Y los tres siguen riendo, riendo. ¿Lo entiende alguien?

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