MEDIO AMBIENTE

El préstamo de la naturaleza

  • El Banco de Germoplasma Vegetal Andaluz, ubicado en el Jardín Botánico de Córdoba, conserva 8.006 muestras de semillas, de las que más de 1.700 corresponden a especies de la comunidad andaluza.

Su labor es similar a la de los encargados de la recuperación del lince ibérico, y, sin embargo, su trabajo es menos conocido, aunque de vital importancia. En su seno esconde miles de semillas que se encuentran en peligro de extinción y su cuidado y reserva permiten repoblar zonas. Lo que hace el Banco de Germoplasma Vegetal Andaluz, situado en el Jardín Botánico de Córdoba, es como “un préstamo a la naturaleza”, reconoce su director, Esteban Hernández.

Lo que pretende este centro es conservar, a toda costa, la diversidad genética de la flora, tanto andaluza como de numerosas partes de España, como Baleares, Castilla-La Mancha, Canarias o la zona de los Pirineos. Entre los objetivos de conservación se encuentra también las especies endémicas de la flora andaluzas, las que sólo están presentes en la región. También se conservan en las instalaciones cordobesas especies explotadas a partir de sus poblaciones silvestres, las de interés forestal, las de uso tradicional, las parientes próximas a las plantas cultivadas e incluso malas hierbas. Prueba de ello son las 8.006 muestras de semillas que guarda en el interior de potentes máquinas frigoríficas. De ellas, no obstante, 5.276 son muestras andaluzas. De todas estas accesiones, nombre técnico que se utiliza para designar a las semillas, 2.876 corresponden a especies diferentes y, de éstas, 1.723 son andaluzas.

El trabajo que lleva a cabo el Banco de Germoplasma se centra en una de las dos técnicas de conservación que existen y que se denomina ex situ, es decir, fuera del hábitat natural. En sus laboratorios la actividad tiene lugar principalmente en tres campos:la tecnología de semillas, la biología molecular y el cultivo in vitro.

La labor que desarrollan las cinco personas que trabajan en este banco de germoplasma es muy técnica, laboriosa y meticulosa. Todo comienza con la colecta o accesión, que no es otra cosa que el conjunto de semillas que se recoge en un determinado lugar. La mayoría de las expediciones, indica Hernández, se realizan durante los meses de verano y otoño. Unos sobres de papel son el primer destino de estas semillas. Es como el pasaporte, ya que en ellos ha de constar la altitud en la que se ha encontrado, la orientación y el tipo de suelo. En definitiva, todos aquellos detalles que se necesitan para su identificación. Nada se puede dejar al azar.

Tras la visita al campo, los técnicos proceden a la selección de las muestras, un trabajo manual en el que se emplean únicamente unas pinzas y mucha paciencia. La limpieza de cada semilla ha de ser muy meticulosa. El siguiente destino son las cámaras de secación. En ellas, las semillas han de estar en un ambiente “por debajo del diez por ciento de humedad”, apunta el director del Banco de Germoplasma. A continuación, se introducen en viales identificativos y se portan hasta uno de los veinte armarios frigoríficos con los que cuenta el centro; la temperatura en algunos de ellos no puede sobrepasar los veinte grados bajo cero. Éstas cámaras de frío se encuentran en el corazón de banco; son climatizadas, son subterránea y deben estar claramentes aisladas. El control para que la temperatura no aumente ni lo más mínimo es esencial. Prueba de ello es que el banco tiene un sistema de seguridad propio y, si en algún momento el mercurio sube ligeramente, rápidamente salta un dispositivo de seguridad que avisa de la situación a los empleados del centro. Éste no es el único control que tiene el Banco de Germoplasma sobre las semillas, ya que algunas de ellas se guardan con bolitas de gel de silice, que cambia de color en el momento en el que la temperatura sube.

Sin embargo, no todas las semillas han de permanecer a 20 grados bajo cero. Todo depende de la colección de la que se trate. Aquellas que se intercambian con otros jardines son las que se conservan a cinco grados bajo cero. Se trata de la colección activa y cuya vida se prolonga “decenas de años”, apunta el director. En el lado opuesto, se encuentra la colección se semillas base, que además es encapsulada y sellada. Es una colección “algo más sofisticada” y que puede vivir durante “más de un siglo”, asegura Hernández, que también es catedrático de Botánica Agrícola de la Universidad de Córdoba.

El trabajo del Banco de Germoplasma no se detiene en la recolección y el mantenimiento de las semillas. Los técnicos también se encargan de devolver el fruto a la tierra, aunque antes hay que “aprender a hacerla germinar y saber dónde hay que plantarla”, apunta Hernández. Para ello, se hacen numerosas investigaciones hasta encontrar el lugar idóneo para que la semilla crezca.

Además de las instalaciones dedicadas a la actividad de carácter investigador, el Banco de Germoplasma cuenta con un módulo de interpretación que pueden visitar los usuarios para conocer los trabajos de conservación que se realizan en este paraíso, situado en pleno casco urbano, de la diversidad vegetal.

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