La energía vegetal

  • Rafael Garcés, profesor del CSIC, explica en la tribuna Ciencia y Futuro en Andalucía algunas claves sobre el desarrollo de biocombustibles y biolubricantes

A pesar de haberse convertido en un género cinematográfico y en fuente de inspiración de grandes best sellers, la ciencia no suele llevarse bien con el brillo de la farándula, aunque en contra de ello hable buena parte de la presencia mediática de algunos científicos. La ciencia tiene que ver con el método, el rigor, el trabajo. Y cuando se sale de ahí, defrauda muchas expectativas. Un buen ejemplo de la asociación entre ciencia bien hecha y repercusiones sociales es el de la investigación en biocombustibles, sobre la que a veces se ejerce una fuerte presión exterior procedente de la sensibilidad medioambientalista y de la proximidad de la extinción de la era de los combustibles fósiles. Presentados en un primer momento como la gran solución fácil, demasiado fácil, se está demostrando que, paradójicamente, determinados biocombustibles (y sus hermanos en el mundo de los aceites industriales, los biolubricantes) si no cumplen ciertas características, pueden resultar muy poco sostenibles: por problemas de eficiencia relativa, por el riesgo de reducción de la superficie de cultivo destinada a la alimentación de la especie humana y por las mismas emisiones de carbono de esas materias primas. Ayer, en una nueva edición de la tribuna Ciencia y Futuro en Andalucía -iniciativa desarrollada por el Grupo Joly, el CSIC, la CEA y la Fundación Cajasol- , Rafael Garcés, investigador del Instituto de la Grasa del CSIC, esbozó algunas líneas de trabajo para superar esos obstáculos.

Garcés, biólogo por la Universidad de Sevilla, habló de los límites de la producción actual de girasol como solución única para desarrollar biocombustibles: "No es posible, porque consumirían demasiada superficie de cultivo; hay que diversificar". Y en el contexto de esa diversificación mencionó casos muy conocidos en general, como los de la soja o el maíz, y otros sólo conocidos por los expertos y empresarios directamente relacionados con la vanguardia de los biocombustibles, como la jatropha y, especialmente, determinadas algas. "¿Problema? Las algas dan muy buenas proyecciones de resultados de combustible por superficie en laboratorio, pero no en una explotación industrial real".

El profesor Garcés es un experto en grasas vegetales, y coordina uno de las iniciativas más potentes de Europa -proyecto Biovesin- en investigación dedicada a explorar las posibilidades de desarrollo de lubricantes basados en aceites vegetales y sus derivados sintéticos. "En España se consume medio millón de toneladas al año de lubricantes; sabemos que son responsables del 40 por ciento de la contaminación fluvial. En Europa -prosigue Garcés-, el 95 por ciento de estas sustancias no son biodegradables. Y nosotros tenemos un buen candidato alternativo". Ese candidato es el ricino: "Un cultivo seguro, adaptable, de buen rendimiento, con mucha riqueza grasa y que, al no ser alimentario, no despierta recelo social respecto a la ingeniería genética". Una planta que, en sí, ya es una biofactoría. Una auténtica fuente de energía vegetal.

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