Los Gallardos celebra con una masiva eucaristía la restauración de su iglesia

  • Los gallarderos recuperan la iglesia parroquial tras dos años de obras, durante los cuales han tenido que utilizar un local cedido por el Ayuntamiento para celebrar todos los oficios religiosos

Ayer, día de San Pascual Bailón, o lo que es lo mismo, día diecisiete de mayo, en las calles del municipio de Los Gallardos sólo se movían las banderitas de color verde y blanco colgadas de los balcones de las aceras pares a los balcones de la aceras impares.

El Código de Derecho Canónico, en su título I referente a los Lugares Sagrados, dice el Canon 1216: En la edificación y reparación de iglesias, teniendo en cuenta el consejo de los peritos, deben observarse los principios y normas de la liturgia y del arte sagrado. Y en el Canon 1217, señala: Concluida la construcción en la forma debida, la nueva iglesia debe dedicarse o al menos bendecirse cuanto antes, según las leyes litúrgicas. A eso de las once de la mañana, el Obispo de Almería, Don Adolfo Gonzáles Montes, era recibido a la puerta de la iglesia por el párroco, Paco para los amigos. El señor Obispo cambió su ropa de calle por las vestiduras sagradas que son signo del carácter festivo de la celebración, y de que el sacerdote le presta su persona a Cristo.

El nuevo reloj de la iglesia reposaba en las once y media cuando el Obispo iniciaba la liturgia de bendecir la iglesia parroquial de San José. Los vecinos de Los Gallardos llenaban la iglesia, no faltó ni uno, ni siquiera ese que todos saben en el pueblo. Monseñor Adolfo Gonzáles roció agua bendita en señal de bendición a los fieles. Afuera, en la plaza, la gente que no había podido entrar porque no había sitio, hablaba de sus cosas en voz bajita, susurrante, no era cosa de romper la solemnidad de la ocasión.

Once sacerdotes, un diácono y un Obispo, concelebraron la bendición que prendía en el ánimo de los presentes. Arriba, el coro de Los Gallardos ponía brillo a las fusas, corcheas, semifusas, de los cánticos religiosos. Su Ilustrísima dirigía una sagrada orquesta de hábitos blancos, cada uno de ellos con su función correspondiente en el acto litúrgico.

Junto con la luz que entraba de la plaza, entró el ruido de cascos de caballos. Siete monturas, siete, se llegaron a acompañar la bendición parroquial antes de partir a la romería. Un poco más lejos, aparcado en una ventana, Lucero, el burro de Manuel, que lo llama así porque tiene tres manchas repartidas por el cuerpo, esperaba también emprender el camino romero.

Cati, Damiana, Manuel, Cristina, Isa, Belén, mostraban su satisfacción por lo bien que ha quedado la iglesia de San José. Estupenda, dice Manuel, bonita, muy bonita, era el sentir general, aunque, tal vez, vendría bien un retablo de madera, apunta alguna vecina. Pelmer, residente inglesa, exclama ¡very good!

De cuando en cuando, un cigarrito. Quienes fuman no aguantan los minutos sin darle, al menos, una caladita al pitillo. Tampoco aguantan inmóviles en sus cochecitos los bebés. Las madres, qué remedio, los llevan en brazos y al cansarse se lo pasan a la abuela o a una amiga. Es el rato que se aprovecha para alzarse de puntillas, echar una ojeada a lo que sucede dentro de la parroquia y, de paso, preguntar que qué pasa, que por dónde va el Obispo, que si queda mucho.

El Obispo signa con aceite, el Santo Crisma, las cuatro esquinas de la iglesia. Tras el lavado de manos, se prepara el incienso parsimoniosamente y sujeta con una mano las cadenas del incensario que desprende blanquísima y perfumada humareda, como símbolo de honor y reverencia ante todo a Dios y luego al Crucifijo del altar, a las sagradas reliquias, al mismo altar, al pan y vino que han de ser consagrados, a los sagrados ministros y a los fieles en general.

La banda de música de Los Gallardos, sentados sus componentes en los bancos de la plaza, aguarda su turno. Mientras tanto, se ha acercado San Isidro a ver cuánto queda. El encabeza el paso de los romeros y ya está listo para la marcha. Don Adolfo Gonzáles, Obispo de Almería, prepara el altar para que pueda decirse misa, no se puede escapar detalle que estropee la ceremonia.

Hace rato que se oyeron doce campanadas de las campanas nuevas y la bendición concluye. Los fieles congregados en la iglesia se levantan de los bancos de madera y calmosamente abandonan la parroquia, donde hoy toca misa. Atrás han quedado los tiempos en que el local del Ayuntamiento hizo las veces de templo. Fue la de ayer fecha de doble fiesta, de bendiciones y de romerías. Los Gallardos, de nuevo, tiene iglesia en condiciones.

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