Ana de las inopias, babias y malas uvas

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Anita no pasa por su mejor momento precisamente. Se hace querer hasta por sus antiguos enemigos, queridos enemigos, de Telecinco tras haber quemado los puentes con TVE o Antena 3. La Obregón pasó de largo por Cannes, envuelta en sus fantasías, que la convierten en una de las mejores fabulistas desde Samaniego. Nadie le hizo caso en la Costa Azul. Ni en la costra. Ana vive en la Inopia. En su inopia de mundos de azúcar, trufados con composiciones siliconadas y negociaciones con ceros y sorpresas a plazos. Ana está en Babia, en otro tiempo que le va rebasando con burla en el esqueleto, en los músculos y en el prestigio profesional. Mira al cielo y cree aún entrar en castillos de princesas modernas, donde los súbditos se postran ante sus encantos estallados. Ya pasó el tiempo de la Obregón, aquella chica que fue la más deseada por los españoles durante más de dos decenios. A este país, por fortuna, no lo conoca ya ni la madre que lo parió. Ni al país, ni a Ana, ni a los siete.

La habitante de gimnasios convertidos en salones de reyertas, donde se descuajeringa a estiramientos para después lucirse por los platós, empieza a atravesar un nuevo pasillo de sombras al surgir desde Interviú una presunta grabación en la que ordena una paliza contra un presentador de su odiada Antena 3. Tal vez sería sólo un arranque verbal. La lengua caliente sin más. Un pisotón iracundo de esta Bella Durmiente del Bosque de Micrófonos que siempre ha presumido de influencias y contactos, aunque después parece que nadie se la toma en serio. Ana, convertida casi en una abuela de plexiglás, sigue escribiendo cuentos y presintiendo pesadillas.

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